Podéis escucharnos en:
Esa rabia que sientes ahora mismo en el cuerpo es la
impaciencia por saber qué ha ocurrido.
No todo en esta vida tiene por qué saberse. En el
mundo real muchos misterios quedan tristemente sin resolver y no queda otra
opción que resignarse y aceptar que sabemos una minúscula parte de las verdades
que se extienden ahí fuera.
Esta historia aún no ha acabado, de hecho no ha
hecho más que empezar. Mantén esa rabia, mantén ese interés e impaciencia.
Todo tiene su recompensa.
Ubi Sunt.
-Hacía mucho que no veníamos aquí, y eso que lo tenemos al lado. –Sofía no podía estar más feliz, le encantaba aquella ciudad, allí, enfrente del restaurante donde Itahiza le había pedido la mano dos años atrás. Esa última vez que habían recorrido aquellas calles de Segovia.
-Eso siempre ocurre. Habremos ido a cien mil ciudades de cien mil países, pero en lo que se refiere a los alrededores de donde vives… no nos molestamos tan si quiera a mirar las bellezas de nuestra tierra. –la cogió por la cintura y le dio un tierno beso en la mejilla. En ese momento una pequeñísima tos les sacó de aquel romanticismo. –parece que la pequeña Sara se ha despertado. –los dos sonrieron. Por un momento ambos se habían transportado a aquella época en la que la idea de familia solo era el sueño de dos personas que se habían encontrado por cuestiones del destino.
Sofía cogió a la niña en brazos dejando a su marido con el carrito. El añito que acaba de cumplir ese mismo día apenas se notaba, era demasiado pequeña. Había nacido con tan solo ocho meses y pese a que ya no era aquel bichillo con los ojos cerrados y movimientos lentos, seguía siendo la cosa más pequeña que Sofía había visto nunca.
Volvió a toser medio dormida ajena a todo lo que le rodeaba. Se frotó los ojos con unas manos aun rechonchas y por definir.
-¿Te has atragantado Sara? ¿Te has atragantado? –la movió gentilmente entre sus brazos para que se volviera a dormir.
-Nuestra mesa ya esta lista. –dijo Itahiza que había entrado un momento a anunciar su llegada al camarero de la recepción.
“La tabernita” era un restaurante, o más bien casa de comidas, bastante poco conocido de Segovia. Era raro encontrar a alguien que no fuera de la ciudad comiendo en aquel lugar, solo sus habitantes, y más en concreto la gente de aquel barrio, eran conocedores de que en aquella calle, Martínez Campos, estaba el mejor lugar para comer de la zona.
Sofía e Itahiza lo habían encontrado de puro milagro la noche de su propuesta de matrimonio. Lo que había empezado como una escena lluviosa donde la mala suerte no había parado de ir en aumento, el fallo mecánico del coche, el error de reserva del restaurante de lujo en el que tenía pensado hacer la pedida… se convirtió en un bonito recuerdo en una pequeña tasca donde les habían tratado como si fueran de la casa.
La taberna, toda de madera, estaba en esos momentos repleta de comensales. El ruido de platos, jarras y personas hablando era casi ensordecedor. El calor proveniente de una vieja chimenea fruto de una remodelación de un viejo horno para el pan, se expandía por toda la estancia dejando un agradable contraste con respecto al frio del exterior.
Itahiza recordaba la desilusión que había tenido al entrar por primera vez en aquel lugar. ¿Cómo le iba a pedir a Sofía que se casara con él en un sitio como aquel? En esos momentos, ahí de pie con ella y su hija en brazos, le pareció absurda aquella preocupación.
El camarero les señaló desde su lugar en la entrada la mesa de madera en la que tenían que sentarse. El aspecto era el mismo, pero en aquel tiempo de ausencia ambos notaron que se había sofisticado bastante el ambiente. Ya no eran dos señores mayores, los propietarios, los que servían con tranquilidad a cada una de las mesas, sino que un grupo de camareros medianamente bien vestidos ahora se encargaban de todos los quehaceres de cara al público.
-Ahora vendrán a deciros la carta. –dijo uno de ellos guiñándole un ojo a la pequeña. –la sillita podéis dejarla sin problema al lado de la puerta, no sé si tenemos asientos para niñas de este tamaño pero seguro que podemos hacer un arreglo. –habló todo el rato dirigiéndose a la pequeña Sara, le tocó la naricita y ella hizo un gesto adormecida. Todas las personas de alrededor solo tenían ojos para ella.
Sofía cogió en brazos a su hija en lo que Itahiza replegaba el transporte del bebé y lo llevaba a donde le habían indicado. Al volver a su asiento, una silla alta con anticaidas ya estaba preparada entre los dos lugares donde se situaban su esposa y él.
-Este lugar me trae muy buenos recuerdos. –Sofía respiraba cada momento con una sonrisa en la cara que realzaba su belleza. Desde que había nacido la pequeña Sara no habían tenido tiempo, ni energías, para hacer una escapada. Esa misma semana habían decidido utilizar el primer cumpleaños de su hija como excusa para ello.
Habían pasado el día entero en Segovia. Habían salido pronto de Salamanca para aprovechar bien la mañana, se habían acercado a la granja de San Ildefonso a ver sus jardines y tomar un café y ya a las 12 se habían dirigido a la ciudad.
Se habían tomado el segundo café en la Plaza del azoguejo bajo la sombra del acueducto, donde Sofía había dado de comer a Sara. Habían dado un paseo hasta el Alcázar pasando previamente por la catedral donde habían encontrado un banco donde tomarse los bocatas que habían traído de casa y habían bajado finalmente por la tarde hasta el Mirador de la Pradera de San Marcos donde habían disfrutado de la magnífica puesta de sol.
Había sido un día perfecto y, mirando a su hija medio dormida, Itahiza tuvo que reconocer que igual había sido demasiada paliza para una niña de esa edad.
El camarero llegó con la carta sacándole de su ensimismamiento. Sofi se estaba dedicando a mirarle divertida.
-¿Haciendo un repaso de hoy? –le preguntó.
Él no pudo evitar reírse, aquella mujer le conocía demasiado bien.
Pidieron un vino, el menú del día que se basaba en un plato de cayos con garbanzos y cordero y una tabla de quesos de primero.
A su alrededor no quedaba ni una sola mesa vacía. El ruido de los cubiertos y personas hablando era bastante alto, pero aún así, la acústica permitía que la gente se pudiera entender sin la necesidad de gritar.
Llegó la tabla de quesos y la bandeja con el pan y los dos atacaron nada más les volvieron a dejar solos. Después de todo el día en movimiento con tan solo unos bocatas a la hora de comer, el hambre les había aparecido de repente a ambos.
Los cayos, pese a ser algo caliente en un día caluroso entraron con ligereza y disfrute.
La pequeña estaba ya despierta y se entretenía chupando el biberón ya casi vacío. Desde su asiento no mostraba el más mínimo interés en todo lo que ocurría a su alrededor.
Acabaron el puchero de cayos sin darse cuenta. Un camarero se acercó preguntando qué tal estaba yendo todo confirmando la opinión de Itahiza del nuevo aire snop que le habían dado al lugar.
En lo que les retiraban los platos Sofía levantó la copa de vino.
-¿Por qué brindamos? –preguntó manteniendo su sonrisa. Dios, estaba preciosa.
-Por muchos años más como este.
-Y porque pronto la pequeña Sara tenga un hermanito con quien jugar.
La verdad es que habían hablado de tener un nuevo hijo desde hacía apenas unas semanas. A los dos les iba bien en sus trabajos, ella era abogada en un pequeño bufete que había creado junto con otra amiga de la carrera y él por fin se había sacado las oposiciones de Bombero que tantos años le había costado conseguir.
Los dos eran jóvenes, estaban felizmente casados y ya se habían hipotecado atándose a una nueva casa que, si bien no era la de sus sueños, les permitía despreocuparse de dónde vivir los próximos años.
Aquel primer año les había demostrado que, aun siendo padres claramente primerizos, eran unos padres que estaban dispuestos a lo que fuera necesario por su pequeña.
Con todos estos datos la idea de tener un nuevo hijo se mostraba más atractiva y ansiada para los dos.
El camarero que les había recogido los platos se acercó con unos nuevos para servirse el cordero. Le colocó el plato y los cubiertos limpios a Sofía sin fijarse en una de las copas situadas en la mesa.
Al girar le dio con el codo tirándola al suelo haciéndose añicos de inmediato.
Sara, con un espasmo mostró desconcierto y ante la duda se puso a llorar.
Las personas de alrededor giraron la cabeza interesadas en lo que acababa de ocurrir. El camarero, abochornado, no paraba de pedir mil disculpas en lo que le colocaba rápidamente el plato y los cubiertos a Itahiza y corría a la cocina en busca de un recogedor y una bayeta.
Sofía no dejaba de sonreír y trataba de tranquilizar al joven camarero. Itahiza decidió coger a la niña a hombros para tratar de calmarla.
-Será mejor que la saque hasta que se relaje. –Por más que moviera hacia arriba y hacia abajo a la niña, esta no paraba de llorar desconsolada.
-Aquí te espero con el cordero. No tardéis mucho si no quieres que me lo coma yo entero. –le dio un beso y la dejó con el camarero aún pidiéndole disculpas y ella aún tratando de decirle que no se preocupara.
La calle Martínez Campos estaba en esos momentos completamente vacía. Quitando el ruido de las personas comiendo tras la puerta todo lo demás estaba completamente en silencio.
Al frente, la muralla que ocupaba todo un lado de la calle quedaba vagamente iluminada por unas pocas luces amarillas de algún que otro foco mal colocado. Por lo demás, la tabernita era el único local abierto en aquella vía a esas horas.
Aupó a la niña que parecía que se estaba empezando a olvidar de lo ocurrido.
-Nos hemos dado un susto enorme ¿Verdad Sara? -estaba siendo un día maravilloso, habían decidido tomarse la vuelta con calma por lo que pensó que tranquilamente se darían un paseo después de la cena por las calles del barrio judío antes de coger el coche camino a casa. – ¿Tenía buena pinta ese cordero a que si? En cuanto estés lista volvemos a dentro para que tu padre se ponga las botas. Si es que tu madre me ha dejado algo.
La niña sonrió como si hubiera entendido lo que le decía. Su pequeño corazoncito parecía palpitar más lentamente. Le estaba mirando fijamente a los ojos divertida, como queriendo decirle algo.
La abrazó con fuerza, le dio un beso en la mejilla y se dirigió de nuevo a la puerta con ella en brazos. Nunca había sido tan feliz.
En ese momento todo se volvió oscuro.
Los prejuicios son algo del día a día. Buscar su inexistencia es igual que buscar utopías, solo pueden ser alcanzadas de forma artificial mediante la pérdida de libertades individuales.
No puedes luchar contra los prejuicios, pero sí
evitar que ellos te controlen y formen una parte importante de tu vida.
Es un placer estar de vuelta.
Ubi Sunt.
El sonido del periódico chocar contra la puerta de la entrada le sacó de su ensimismamiento. El beicon estaba recién puesto en la sartén por lo que decidió que le daba tiempo a recogerlo.
Al salir, el sol le dio en la cara haciéndole entrecerrar los ojos. La
verdad es que hacía un día maravilloso, casi tanto como había sido la noche.
Se agachó para coger el rollo de papel y saludando al vecino que le
miraba con extrañeza, volvió a meterse al interior de la casa.
El olor del desayuno ya empezaba a invadir cada estancia dando la
sensación de hogar que tanto añoraba. Pensó que pronto aquella maravillosa
esencia llegaría al dormitorio de los niños quienes se despertarían con ánimos
de engullir aquel festín. Una sonrisa apareció en su cara nada más imaginarse
la escena.
Dejó el periódico a un lado para terminar de hacerse cargo del beicon que
empezaba ya a tomar el color indicado. Cogió un trozo con los dedos con cuidado
de no quemarse, lo partió y se lo acercó a la nariz. Después de respirar aquel
aroma se llevó el trozo pequeño a la boca. Crujiente, justo como a le gustaba. Estaba
claro que iba a ser un gran día.
Miró el reloj, aún faltaba un poco para las nueve, aún los niños podían
aprovechar un poco más en la cama antes de que el autobús del colegio llegara
para recogerles. Quitó la sartén del
fuego, cogió una más pequeña y se dispuso a hacer los huevos.
La mesa de la cocina ya estaba puesta. El pan ya estaba tostado, la
mantequilla y la mermelada listas para ser usadas, los cuencos de leche
rellenos y la caja de cereales a tan solo unos centímetros de ellos. El bol con
frutas estaba en el centro coronado por una maravillosa rosa de papel color
rojo. Había estado buscando pasas para rematar aquel manjar, le encantaban las
pasas, pero no las había encontrado por ningún sitio.
Una vez hubo acabado de freír los huevos, los sirvió junto con el beicon
en dos platos.
Se acercó a la radio y subió el volumen, “The Indiana Man” de “American
Murder Song” estaba sonando en esos momentos. Le gustaba esa canción.
Respiró profundo por la nariz y expiró por la boca aún con la sonrisa
marcada de oreja a oreja.
-Ha sido una gran noche. -dijo antes de despedirse de sus acompañantes y
salir por la puerta principal.
Roland se despertó con el delicioso olor del desayuno entrando por su
puerta. Al ver la hora le extrañó que su padre no les hubiera despertado como
solía hacer cada día. Tenía que haberse entretenido en la cocina y no darse
cuenta del reloj.
Se desperezó lentamente, había dormido estupendamente. Aún sentía el
cansancio de la noche y el calor de las sábanas no ayudaba lo más mínimo a
levantarse. Se estiró, bostezó y finalmente se decidió a empezar la nueva
jornada.
No es que le disgustara el colegio, ese día tenia clase de gimnasia, que
era lo que mejor se le daba, y estaba empezando a entender mejor eso de las
multiplicaciones y divisiones que tantos comederos de cabeza le estaban
causando.
Hizo la cama lo mejor que pudo, tal y como le había enseñado su madre,
buscó sus zapatillas de estar por casa y fue a la habitación de al lado a despertar
a su hermana, si se habían olvidado de despertarle a él, lo más lógico era que también
se hubieran olvidado de ella.
-¡Buenos díaaas! –dijo al salir al pasillo. Esperó a que le contestaran
sin ningún resultado. La campana extractora y la radio sonaban demasiado fuerte
como para que pudieran escucharle desde el piso de arriba.
Entró en el cuarto de Lucy y la zarandeó sin más miramientos. Ella se
quejó y gritó a papá y a mamá también sin resultados.
Finalmente consiguió que se levantara de la cama. Ayudó a su hermana a
recoger, se turnaron para ir al baño a asearse y se pusieron los uniformes.
“Aún quedan quince minutos para que venga el autobús” -pensó sonriente mientras
bajaban las escaleras teniendo la primera comida del día en mente.
La policía llegó a la calle que les habían informado apenas diez minutos
más tarde de que les dieran el aviso. Había sido la patrulla que más cerca
estaba de la casa por lo que les había tocado a ellos acercarse.
El vecino, que estaba cortando el seto de la entrada, quedó impactado
nada mas verles.
-Disculpe señor. Hemos recibido un aviso en esta casa. ¿Ha visto u oído
algo raro? Según la radio ha llamado a urgencias un niño indicándonos la
dirección.
El hombre soltó las tijeras de podar. Sus ojos estaban completamente
abiertos y no paraba de balbucear tratando de decir algo. No paraba de mirar
hacia la puerta cerrada. Parecía como si tratara de ordenar sus ideas sin
ningún resultado.
Viendo que no terminaba de responder, uno de los policías se quedó con él
mientras su compañero se acercaba hacia la entrada.
Llamó al timbre. No hubo respuesta. Informó de que eran la policía. Siguió
sin haber respuesta.
Trató de mirar a través de la rejilla del buzón y por las ventanas pero
no pudo observar el más mínimo indicio de movimiento. Negó con la cabeza ante
la mirada interrogativa de su compañero quien fue al coche a pedir
instrucciones.
El vecino en esos momentos estaba completamente parado mirando la escena.
-Dice central que ante la duda entremos.
Cogieron la herramienta para romper cerraduras del maletero y tras
confirmar una última vez por radio, procedieron a entrar en la vivienda.
El pasillo de entrada hacia las escaleras del piso superior estaba con la
luz encendida tal y como había podido ver tras la rejilla del buzón. Pudieron
reconocer el sonido del extractor en la primera puerta de la derecha.
-¿Hola? ¿Hay alguien en la casa? ¡Policía de Toronto! Hemos recibido un
aviso desde esta dirección. Si hay alguien en la casa por favor salgan hacia la
entrada lentamente con las manos a la vista.
Una vez más, ninguna respuesta.
Tras la confirmación de su compañero, fueron avanzando lentamente hacia
la puerta de lo que suponían que era la cocina. Los dos se llevaron la mano a
la cintura para comprobar que la pistolera estaba desabrochada y accesible.
Volvió a repetir una vez más todo lo dicho desde el resquicio de la
puerta. Su compañero acababa de comprobar que el baño de la izquierda estaba
vacío.
-¡Policía de Toronto! –entró en la cocina pistola en mano.
Su cerebro tardó en procesar aquel escenario.
Ante él se encontraba la típica cocina que todas aquellas casas
unifamiliares de extrarradio debían de tener. La encimera impoluta cubriendo el
lateral derecho, un armario con la vajilla vista a través del cristal en el
izquierdo… justo en el centro de la sala se encontraba una mesa con cuatro
sillas.
Los dos cuerpos inertes les daban la bienvenida a sentarse con ellos a desayunar.
Ulula
el búho al caer la noche entre el resonar de los grillos y el aullar de los
lobos. Las hojas de los arboles vibran y chocan entre sí bailando al son de un
viento gélido que no para de cambiar de dirección.
A lo
lejos, una pequeña cabaña con una enorme chimenea humeante.
El
animal abre las alas. Con un impulso de sus patas se lanza al vacío dirección a
su presa. El pequeño ratoncillo no tiene la más mínima oportunidad.
El ave
alza el vuelo iluminada por la luna con el roedor aún retorciéndose entre sus
garras.
Al
alcanzar la cabaña, no duda en soltarlo dejándolo caer sobre su objetivo.
Los
niños gritan huyendo de nuevo al interior del bosque.
La
bruja esta noche tampoco va a cenar.
Ulula
el búho al caer la noche, siempre vigilante, siempre protegiendo.
Comienza el Inktober y como cada año, nos ponemos al pie del cañón con esta maravilla de tradición.
Este año la queremos hacer de forma algo diferente, este año la queremos llevar a nuestro terreno, en vez de dibujos, escritos del día a día.
¿La temática? Qué mejor que barrer para esa tierra que durante tanto tiempo me adoptó y prepararnos en este Inktober una buena Queimada.
Comenzamos.
Vivimos
en un mundo en el que la gente ya no razona.
En
el que se compran pensamientos e ideologías sin detenerse a ver qué significado
tienen las palabras, qué implicaciones suponen y qué aportan realmente.
Las
personas, en definitiva, no se paran ni un solo momento a pensar. Ya no estoy
hablando de informarse un poco, sino de meditar, para bien o para mal y crear tus
propias lógicas.
No
discuto que mi forma de ver las cosas pueda ser incorrecta, pero es mía y no
deseo otra cosa que encontrarme con alguien con ideas contrarias pero
igualmente propias.
No
quiero extremismos, misticismos o fe.
No
quiero negacionismo ni creencia ciega.
No
quiero que me rebatan con insultos, falsos juicios o llevar mis ideas a lo
absurdo.
No
quiero que pongan en mí, palabras que no
he dicho.
No
creo en la verdad pura pero si en la búsqueda de ella dentro de los distintos
puntos de vista.
No
creo en la bondad pura pero si en las buenas intenciones con ganancia al
cambio.
Estoy
cansado de la falsa moralidad, de oír a políticos decir frases hechas sin saber
su significado, de oír a periodistas soltar palabras vacías por su boca como si
tuvieran algo de valor.
¡Pensad!
Os lo ruego ¡Pensad!
Analizad
el significado de las palabras y lo que realmente quieren decir. Buscad
vuestras propias conclusiones sin que nadie os diga hacia dónde tirar.
En
un mundo donde la mente colmena está cada vez más normalizada, el
individualismo es tremendamente necesario.