jueves, 24 de marzo de 2022

Inktober día 3 (Sapo)

 

Feo, gordo y con verrugas.

La lengua larga. Baboso y resbaladizo.

Nadie daba un duro por él y sin embargo era un gran atleta. Saltaba más que nadie y en cuanto a la natación no había quien pudiera igualarle.

Un cazador rápido donde los hubiera, capaz de atrapar moscas al vuelo.

La madre naturaleza había sido duro con él pero tenía que reconocer que, pese a no ser un apuesto príncipe, valía mucho más como ser vivo que cualquiera de ellos.

Algunos soñaban con el beso de la princesa.

Para él aquel estanque era su palacio.

sábado, 19 de febrero de 2022

Inktober día 2 (Lechuza)

 

Se enamoró de una lechuza.

De sus ojos negros como la noche, su cara redondeada llena de plumas, su color amarillento parduzco…

Se enamoró de una lechuza prácticamente sin quererlo, sin soñarlo ni esperarlo, simplemente se enamoró.

Se enamoró de una lechuza posada en una rama como si apenas pesara, con movimientos lentos y elegantes, con un vuelo ligero al unísono con el viento.

Se enamoró de una lechuza fuerte e independiente que no dudaba en mancharse las garras cuando tenía que buscar su alimento, que no dudaba ni un solo momento en matar a su presa de forma rápida y piadosa, que la trataba desde que la alcanzaba con total respeto y agradecimiento.

El búho se enamoró de una lechuza que cazaba en contra de su propia naturaleza.

La lechuza por desgracia no reparó en él.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Publicar un libro (Opinión después de medio año)

 


Ha pasado medio año ya desde que “La escalera de Penrose, Ubi Sunt” salió a la luz. Desde que un libro en el que llevaba trabajando años abría sus alas dispuesto a echar a volar.

En este tiempo he descubierto varias cosas que me gustaría dejar plasmadas en este blog (que ya por el 2008 empecé a escribir sin saber que llegaría hasta el día de hoy).

Lo primero que quiero decir es que escribir un libro es difícil, pero mucho más difícil abrirlo al público.

Todas esas esperanzas y sueños que, para qué negarlo, todos los que han estado en esta situación han tenido, se encuentran de repente con un golpe de realidad que te despierta como el aire frio de la mañana.

Escribir un libro es difícil, pero mucho más darlo a conocer, mucho más que te lo tomen en serio. Y es que, en este medio año, he aguantado la condescendencia de los conocidos que leían la novela ya con los prejuicios de estar leyendo a un primerizo. Esos comentarios de “No es un best seller pero está bien” dichos por gente que, en la mayoría de los casos, ni siquiera ha leído un best seller, han sido por desgracia los más comunes cuando en ningún momento se pidió que lo compararan.  

Uno lee un libro y, o bien le gusta o no le gusta. Uno tendrá ciertas opiniones, ciertos comentarios, ciertas cosas a mejorar…

No les echo en cara en ningún momento ese sesgo con el que leen la obra.  Ese prejuicio previo que no tendría un desconocido.

No les echo en cara esa predisposición a asumir que lo más que alcanzará será el rango de aceptable, pero ahí tengo que decir que lo único que se consigue con ello es no ver el todo, no darle ni siquiera una oportunidad a un proyecto que ha costado años de trabajo y que está más pensado de lo que normalmente la gente cree.

El hecho de que te lea un conocido viene ya con ese sesgo incluido y por eso es de principal interés llegar a los desconocidos lo antes posible. Aquellos que tratan a tu novela con los mismos ojos que a cualquier otro libro y, solo a partir de ese momento, pueden criticar de forma completamente valida y contundente.

No estoy diciendo en ningún momento que considere que mi novela alcanza el nivel de calidad de los libros más vencidos, solo muestro una realidad que es la de que la gente conocida, en ningún momento, criticarán tu obra sin el prejuicio de que creen que eres un novato.  Sin creer que lo máximo que podrá alcanzar es la connotación de “está bien”.

Y ahí está el verdadero problema, y es que no soy ningún novato, ¿Primerizo en publicar y encima de forma autónoma al margen de editoriales? si, pero novato no.

Llevo toda la vida escribiendo, y cuando digo toda, es toda, desde mucho antes de que ese año 2008 empezara esta aventura que antaño se llamaba "Principiante a escritor" ahora renombrada como “Ataraxia”.

Desde esos inicios de este blog hace la friolera ya de 13 años.

¿Tengo mucho por aprender? desde luego, ¿Y quién no? pero no se me puede tratar de novato. Estoy aprendiendo cada día, pero no se puede decir que Todavía estoy aprendiendo, y remarco fuertemente ese Todavía como si aún no hubiera logrado nada.

Será el primer libro, pero el número de páginas que he manchado a lo largo de mi corta vida supera con creces las de diez libros como este.

 No les echo en cara a mis conocidos esos prejuicios, me da pena más bien el hecho de que, sin darse cuenta, no le hayan dado una oportunidad real a Ubi Sunt.

Entonces llega otro golpe de realidad. La tremenda dificultad que resulta, si estás publicando por tu cuenta, llegar a aquellos desconocidos que tanto interés tienes en que te lean.

En ese momento te das cuenta de que, sin una Editorial, es difícil dar a luz a tu pequeño. Empiezas a asumir que se va a quedar en unos pocos de cientos de copias que para más inri no serán tratadas con ojos imparciales.

Las librerías sin una editorial que te respalde no te toman en serio. En la pagina online, entre la marabunta de obras nuevas que salen todos los días tu obra se va ahogando hasta quedar en la oscuridad, como si no hubiera existido nunca, como si no hubiera valido la pena.

Es en ese momento cuando te tienes que dar cuenta de que todo esto no importa, te das cuenta de que nunca escribiste para que te leyeran sino por el simple disfrute de hacerlo, de crear algo nuevo, algo que solo es tuyo y de lo que puedes estar orgulloso.

Ubi Sunt me ha enseñado de lo que soy capaz. Con ello he creado algo que me acompañará toda mi vida.

Habrá un segundo...  un tercero... y ¿Quién sabe? igual al cuarto o al quinto esa oportunidad que no se le dio al primero empieza a emerger sacando a la luz todos los anteriores.

Doy gracias pese a todo a todos mis conocidos que hicieron el esfuerzo de leerme. A aquellos que me tomaron enserio y a los que sin querer no lo hicieron.

Sacar un libro es difícil pero he aprendido que el hecho de conseguir una crítica al margen de prejuicios (buenos o malos) es lo más difícil de todo.

No soy experto pero si experimentado, y seguiré experimentando hasta que mi pasión, mis fuerzas o mis ganas se desvanezcan.

Link del libro

miércoles, 5 de enero de 2022

CUATRO (Londres)


         Entre una persona cotilla y una persona a la que le gustan los misterios hay más parecidos de los que creemos.

Ambas sienten gran interés por temas que realmente, ni les va, ni les viene. Ambas se ven atraídas por las vidas ajenas, las historias que ofrece el mundo que les rodea…

Pero a su vez, hay una gran diferencia que hace que estas dos cualidades se conviertan en dos términos completamente distintos.

Una persona a la que le gustan los misterios trata de resolver a toda costa una incógnita que se ha encontrado por el camino.

Un cotilla busca primero la incógnita a resolver.

Ubi Sunt.

 

El filete ya estaba frio pero aún seguía jugoso. Hacía demasiado tiempo que no comía en un restaurante de esa categoría por lo que no quería desaprovechar esa oportunidad.

Fuera, Londres estaba tal y como lo recordaba, oscuro, frio y con una humedad que no le sentaba bien. Había sido pisar la ciudad y ponerse de mal humor.

Por suerte el sentimiento no le había durado mucho, ese bistec frio le estaba dando la vida.

Tenía  algo de jet lag del viaje. La cabeza le daba algo de vueltas y estaba la extraña sensación de que era aún más tarde de lo que realmente era pero, sin lugar a dudas, no hubiera cambiado el plan de aquella noche por nada en el mundo.

Amaba su trabajo, se le daba bien y le generaba gran placer. Podía entender a la perfección que lo que hacía no estaba al alcance de todas las personas. Vivía en sociedad y como tal comprendía sin ninguna pizca de ambigüedad la opinión que los ciudadanos de a pie podían tener sobre su labor. 

Cortó un trozo de carne derramando un poco de sangre en el plato, estaba prácticamente crudo, tal y como le gustaba. Se lo metió en la boca y masticó lentamente disfrutando de los maravillosos sabores que aquel plato le ofrecían.

El encargo que le había llevado hasta allí le había costado algo más de lo que había tenido planeado en un principio. Nunca hubiera imaginado que fuera tan difícil encontrar a una persona.

Tenía que reconocer que se había impacientado un poco. La sutileza había quedado a un lado para dar paso a la pasión pura, a un sentimiento de euforia incomparable con cualquier otro. Se había excedido en sus limitaciones pero a veces tenía que sacar a jugar a la niña que aún tenía en su interior.

La gente iba al psicólogo, ella hacia lo que hacía. Y lo mejor era que se le daba tremendamente bien.

Siguió comiendo, cerró los ojos y saboreó cada segundo. El silencio a su alrededor se hacía maravilloso, tenía que reconocer que aquel lugar valía cada penique que esos ricachones pijos pagaban. Había sido una pena tener que haber ido allí por trabajo pero, siendo sincera con ella misma, nunca hubiera pisado aquel sitio si no hubiera sido por eso.

Ahora entendía a la perfección cómo, de normal, era tan difícil reservar una mesa allí.

Terminó el plato con calma y se sirvió la ensalada colocada con sumo respeto en el centro. El mantel se había manchado un poco, cosa que le rechinaba dentro de su cabeza, pero ya era tarde para solucionarlo. Era una perfeccionista pero esta vez había tenido que ceder a sus impulsos.

Cogió la ensaladera alegrándole saber que tenía pasas. Le encantaban las pasas.

Por esa noche había acabado de trabajar por lo que decidió en ese momento tomarse unos días de descanso bien merecido antes de ponerse con el siguiente encargo.

A la mañana siguiente se largaría de aquella ciudad para disfrutar al menos de una semana en un lugar más cálido y apetecible.

Detestaba Londres, detestaba su ruido, su acento, su humedad debida a las continuas lluvias. Detestaba a sus ciudadanos, aunque eso realmente nunca había sido un problema. Detestaba tremendamente cada una de las calles que formaban parte de  aquella dichosa urbe.

Aquella ciudad había sufrido en exceso los atentados de hacía cuatro años, lo que, bajo su opinión, había conseguido que los londinenses se lo tuvieran más creído de la cuenta a la hora de darse importancia frente al resto del mundo.

No tardaron en comparar aquel día con la catástrofe del incendio de Londres dándoselas de victimas VIP, cosa un poco exagerada a su forma de verlo.

 Habían exigido respuestas que, como era lógico, nunca habían llegado ya que nadie tenía ni idea de cuales habían sido las causas de aquellas explosiones simultáneas, y aparentemente aleatorias. Habían amenazado desde el propio gobierno del país con cortar con todas las relaciones internacionales, y finalmente, cuando se dieron cuenta de que al resto del mundo no le importaba su situación, fundamentalmente porque tenían sus propias mierdas de las que preocuparse, se habían sentado enfurruñados en una esquina desde la que se les oía refunfuñar de vez en cuando para exigir alguna que otra ayuda económica a Europa.

No, tenía muy claro que no se quedaría allí más de lo necesario. Hasta que llegara el nuevo trabajo descansaría tranquilamente en un lugar alejado de allí.

Una vez hubo acabado el cuenco de ensalada, se limpió con la servilleta que tenía entre sus rodillas y se levantó con calma.

Era una pena que no tuvieran nada para rematar la comida, había oído que en aquel lugar el pastel de queso era magnifico, pero tenía que reconocer que había cenado maravillosamente. Miró a su alrededor entre las demás mesas para asegurarse de que ninguno de los comensales allí presentes había estado con el postre antes de su llegada. Tenía que asumir que se quedaría sin probar el pastel.

Se detuvo de pie en el sitio unos segundos, recolocó la rosa de papel pintada de rojo que había dejado en el planto y, dejando la servilleta a un lado, salió por la puerta.

Contra todo pronóstico había sido una noche perfecta en aquella ciudad de mierda.

¿Quién lo iba a decir?

miércoles, 29 de diciembre de 2021

TRES , (Itahiza)



No os engañéis, la vida no es justa.

Lo que antes era la ley del más fuerte, con el paso del tiempo se ha convertido en algo muy distinto y a su vez parecido.

Ya no sobreviven los más fuertes. Ya no sobreviven aquellos cuya naturaleza y biología les ha permitido avanzar por encima de los demás.

Eso es cierto.

No, ahora, sin embargo, son los inmorales, aquellos dispuestos a pisotear al prójimo para conseguir su propio éxito. Los vagos y sanguijuelas, los envidiosos que por contactos pueden decidir por el resto, los menos dotados que, sin embargo, de una manera, como ya he dicho, injusta, llegan al poder y hacen todo lo posible por mantenerse en él.

Ubi Sunt.

 

 

-¿Estás bien? ¿Otra vez la misma pesadilla de siempre?

Itahiza tardó un momento en darse cuenta de dónde se encontraba. Estaba sudando. Su compañero de trabajo se encontraba acostado unas camas más allá en la misma habitación.

Le miraba con preocupación.

Todo había sido una pesadilla. No, por desgracia no lo había sigo, había sido un recuerdo que por más que quisiera no podía parar de revivir.

-Fue durante las primeras explosiones ¿No? –le preguntó casi susurrando su compañero. Nunca llegaste a hablar de ello, sabes que si lo necesitas aquí estamos.

Itahiza hizo una respiración profunda tratando de centrarse y situarse. Estaba en el parque de bomberos haciendo una guardia. Se había acostado un rato ante la falta de emergencias, todo lo demás había sido un sueño.

-Sí. –le contestó a su compañero. –Segovia fue de las primeras ciudades en sufrir los atentados. Casi todos los demás fueron durante la mañana siguiente. –ante sus ojos no paraban de pasar imágenes de lo sucedido. Recordaba cómo de un momento a otro se había encontrado, sin saber por qué, tirado en el suelo boca arriba. Recordaba como lloraba su hija Sara también en el suelo a unos pocos metros de él.

Recordaba el sabor a hierro en su boca, el calor intenso proveniente de las llamas que salían descontroladas de la puerta por la que hacia tan solo unos minutos acababa de salir.

Recordaba que su pensamiento se había mantenido en blanco todo el tiempo hasta que los primeros camiones de emergencias habían llegado. Sara no había parado de llorar y el no había sido capaz ni siquiera de levantarse a socorrerla.

Luego en su cabeza apareció un nombre, Sofía. Habían tenido que sujetarle entre varios para que no se metiera en aquel infierno que antes había sido una casa de comidas.

Nadie había sobrevivido.

-Recuerdo aquellos días. –había continuado su compañero hablando al aire. –yo estaba recién entrado en el cuerpo. Todo aquello fue un puto caos y eso que Salamanca no sufrió ninguna explosión. De repente nos mandaron a todas direcciones. Allí donde necesitaban mano de obra, ahí íbamos nosotros. Aprendí la parte dura de esta profesión a golpes.

No supimos nada de ti hasta unos días después. Nos informaron de que estabas hospitalizado.

-Eso fue hace cinco años. –le contestó tratando de que no se le notara el cansancio en la voz. –siento haberte despertado tío, ahora tratemos de dormir un poco. –se volvió a meter entre las sabanas y cerrando los ojos trató de no pensar en nada.

 

Les llamaron apenas media hora más tarde. Había llegado un aviso a centralita y les necesitaban.

-¿Qué ha ocurrido? –preguntó mientras se vestía lo más rápido posible.

-Han vuelto a haber altercados en el centro. –le contestaron desde la radio. –adivina, de nuevo contenedores ardiendo en la calle del Yelinas, no sé qué les han hecho los pobres contenedores para que tengan que sufrir lo que sufren. –el tono de voz ya mostraba que aquello no era ni la primera ni la segunda vez que sucedía.

-¿Heridos?

-Aún no sabemos nada, la policía está intentando llegar al lugar. Nos ha avisado un transeúnte que pasaba por allí.

-¿Quién en su sano juicio pasa por ahí a estas horas de la noche? –según lo dijo una pena le invadió el cuerpo. ¿Quién iba a decir que el centro de una ciudad como Salamanca se iba a convertir en un lugar peligroso por la noche? Todo había sido por culpa de los putos atentados.

Terminó de vestirse y se dirigió al camión pequeño. No era la primera vez que iban a ese lugar y sabían ya de antemano que ese era el vehículo más indicado para aquellas calles. Su compañero, que había estado durmiendo a la par que él, ya le estaba esperando en el asiento del conductor. Para ese servicio iban a ir un total de cuatro.

-Sube que te estamos esperando. –le dijo Chema animado. – ¿Has oído? ¡Contenedores! ¿Qué mejor excusa para levantarte en plena noche que unos maravillosos contenedores ardiendo?

-¡Adelante! –dijo ya subido al camión haciendo caso omiso de su compañero. –Contenedores de nuevo ardiendo enfrente del Yelinas. ¿Cuándo fue la última vez que recogimos una llamada de esa calle? –la radio pareció pensárselo un momento.

-Exactamente hará una semana. –le contestó finalmente.

-Sea lo que sea que ocurra en esta ciudad parece que su centro es ese callejón. –sonaba ser una afirmación un poco exagerada pero la realidad era que desde hacía cinco años aquella ciudad no había vuelto a ser la misma, bueno, aquella ni ninguna, pero en lo que se refería a ellos, Salamanca era su lugar de actuación y por lo tanto, la única ciudad que importaba.

Itahiza no recordaba apenas los primeros meses tras los atentados. Había pasado tres semanas ingresado en el hospital tras lo ocurrido en la Tabernita. Había estado inconsciente, en estado de shock, en fase de negación, había pasado por más de una operación debida a restos de metralla que le habían alcanzado en la zona del bazo…

Como era lógico, no había vuelto a trabajar hasta aproximadamente un año después de lo ocurrido, y en ese tiempo de ausencia todo el mundo se había terminado de ir a la mierda.

Salamanca, como ciudad situada en el mundo, no había sido menos.

El centro fue un caos durante meses estando como protagonista en casi todos los casos el callejón a donde se estaban dirigiendo.

Ahora ya casi nadie pisaba aquel lugar por la noche. Por la mañana, sin embargo, con el paso de esos años, el centro turístico había vuelto a la normalidad como si aquellas aceras solo existieran mientras el sol fuera visible en el firmamento.

Por el día transeúntes, guiris, estudiantes, trabajadores… por la noche ni una sola alma.

La policía había intentado controlar aquel alto índice de criminalidad mandando a un gran número de efectivos a vigilar la zona.  Pero a la mínima que miraban para otro lado siempre ocurría algo. Pronto todo aquello se convirtió en algo normal. Quienes vivían allí y podían permitirse mudarse lo hicieron dejando, en cuestión de meses, aquel lugar prácticamente despoblado.

Las tiendas y las grandes empresas, en ese momento, decidieron aprovechar la huida de los ciudadanos para comprar y plantar sus oficinas allí.

Ya nadie vivía en el centro, al igual que otras muchas ciudades, especialmente americanas, el centro se había convertido en un lugar de trabajo y vida diurna, mientras que las noches quedaban para la gente rara.

-Nos acaba de informar la policía de que han encontrado un cuerpo. –dijo la voz de centralita por la radio. –ya están los sanitarios en la escena, os esperan para asegurar la zona.

-Estamos llegando. –contestó Chema.

Dejaron el camión a la entrada del callejón y salieron rápidamente con el material necesario para la actuación.

Allí les estaba esperando tanto la policía como los sanitarios mirando tranquilamente los dos contenedores volcados. Con el tiempo se habían acostumbrado a aquellos tipos de escenas.

Dos bolas de fuego enormes se encontraban en el centro de la calle impidiendo el paso. Al fondo, iluminada por las llamas, la puerta señorial de lo que en su día había sido uno de los locales favoritos de Itahiza se mostraba a ellos dándoles la bienvenida. El Yelinas había cerrado junto con todos los locales nocturnos de alrededor y aquellas puertas se habían convertido en una especie de leyenda, una maldición. El callejón del Yelinas había pasado a ser un lugar que simplemente daba mala suerte. Las siglas, M, H, T, S, V, del cartel aún impreso encima de la entrada ya casi se habían borrado debido a la falta de mantenimiento.

Miró hacia arriba viendo todas las señales de se vende colgadas en los edificios de alrededor.

Tras hablar con la policía y que les dieran el visto bueno para actuar, se pusieron a ello. No tardaron en apagar los contenedores, de ellos no paraba de salir un calor inaguantable y, lo que era peor, un fuerte olor a carne quemada que confirmaba la información de que al menos uno de ellos contenía un cadáver en su interior. Dentro del que justamente se había volcado, se podía ver el cuerpo medio calcinado.

En cuanto se hubieron cerciorado de que no había la posibilidad de que volvieran a encenderse, su trabajo allí ya había acabado. Avisaron a los presentes para que empezaran con su parte y se quedaron a un lado.

-Odio este callejón. Llevamos ya tres muertos este año. –el policía que estaba a su lado parecía cansado, se tapaba la nariz con un pañuelo mientras observaba la escena. -¿Se han salvado las manos? –preguntó al sanitario que estaba al lado del cuerpo.

-Sí y ante la próxima pregunta, si. ¿Qué coño está pasando? –el chico joven que estaba arrodillado ante el contenedor volcado observando el cadáver parecía desconcertado.

-Mierda, o estamos ante un asesino en serie o no me lo explico. –el mal humor del policía iba en aumento. –sacad fotos de toda la escena y del tatuaje. Que no quede nada sin fotografiar. Ya sé qué me vas a contestar pero tengo que hacer la pregunta igualmente. ¿Es el mismo que el de los otros dos?

-La U y la S. –confirmó el médico. Parece que todos pertenecían a la misma banda.