No os engañéis, la vida no es justa.
Lo que antes era la ley del más fuerte, con el paso
del tiempo se ha convertido en algo muy distinto y a su vez parecido.
Ya no sobreviven los más fuertes. Ya no sobreviven
aquellos cuya naturaleza y biología les ha permitido avanzar por encima de los
demás.
Eso es cierto.
No, ahora, sin embargo, son los inmorales, aquellos
dispuestos a pisotear al prójimo para conseguir su propio éxito. Los vagos y
sanguijuelas, los envidiosos que por contactos pueden decidir por el resto, los
menos dotados que, sin embargo, de una manera, como ya he dicho, injusta,
llegan al poder y hacen todo lo posible por mantenerse en él.
Ubi Sunt.
-¿Estás bien? ¿Otra vez la misma pesadilla de
siempre?
Itahiza tardó un momento en darse cuenta de dónde se
encontraba. Estaba sudando. Su compañero de trabajo se encontraba acostado unas
camas más allá en la misma habitación.
Le miraba con preocupación.
Todo había sido una pesadilla. No, por desgracia no
lo había sigo, había sido un recuerdo que por más que quisiera no podía parar
de revivir.
-Fue durante las primeras explosiones ¿No? –le
preguntó casi susurrando su compañero. Nunca llegaste a hablar de ello, sabes
que si lo necesitas aquí estamos.
Itahiza hizo una respiración profunda tratando de centrarse
y situarse. Estaba en el parque de bomberos haciendo una guardia. Se había
acostado un rato ante la falta de emergencias, todo lo demás había sido un
sueño.
-Sí. –le contestó a su compañero. –Segovia fue de
las primeras ciudades en sufrir los atentados. Casi todos los demás fueron
durante la mañana siguiente. –ante sus ojos no paraban de pasar imágenes de lo
sucedido. Recordaba cómo de un momento a otro se había encontrado, sin saber
por qué, tirado en el suelo boca arriba. Recordaba como lloraba su hija Sara
también en el suelo a unos pocos metros de él.
Recordaba el sabor a hierro en su boca, el calor
intenso proveniente de las llamas que salían descontroladas de la puerta por la
que hacia tan solo unos minutos acababa de salir.
Recordaba que su pensamiento se había mantenido en
blanco todo el tiempo hasta que los primeros camiones de emergencias habían
llegado. Sara no había parado de llorar y el no había sido capaz ni siquiera de
levantarse a socorrerla.
Luego en su cabeza apareció un nombre, Sofía. Habían
tenido que sujetarle entre varios para que no se metiera en aquel infierno que
antes había sido una casa de comidas.
Nadie había sobrevivido.
-Recuerdo aquellos días. –había continuado su
compañero hablando al aire. –yo estaba recién entrado en el cuerpo. Todo
aquello fue un puto caos y eso que Salamanca no sufrió ninguna explosión. De
repente nos mandaron a todas direcciones. Allí donde necesitaban mano de obra,
ahí íbamos nosotros. Aprendí la parte dura de esta profesión a golpes.
No supimos nada de ti hasta unos días después. Nos
informaron de que estabas hospitalizado.
-Eso fue hace cinco años. –le contestó tratando de
que no se le notara el cansancio en la voz. –siento haberte despertado tío,
ahora tratemos de dormir un poco. –se volvió a meter entre las sabanas y
cerrando los ojos trató de no pensar en nada.
Les llamaron apenas media hora más tarde. Había
llegado un aviso a centralita y les necesitaban.
-¿Qué ha ocurrido? –preguntó mientras se vestía lo
más rápido posible.
-Han vuelto a haber altercados en el centro. –le
contestaron desde la radio. –adivina, de nuevo contenedores ardiendo en la
calle del Yelinas, no sé qué les han hecho los pobres contenedores para que
tengan que sufrir lo que sufren. –el tono de voz ya mostraba que aquello no era
ni la primera ni la segunda vez que sucedía.
-¿Heridos?
-Aún no sabemos nada, la policía está intentando
llegar al lugar. Nos ha avisado un transeúnte que pasaba por allí.
-¿Quién en su sano juicio pasa por ahí a estas horas
de la noche? –según lo dijo una pena le invadió el cuerpo. ¿Quién iba a decir que
el centro de una ciudad como Salamanca se iba a convertir en un lugar peligroso
por la noche? Todo había sido por culpa de los putos atentados.
Terminó de vestirse y se dirigió al camión pequeño.
No era la primera vez que iban a ese lugar y sabían ya de antemano que ese era
el vehículo más indicado para aquellas calles. Su compañero, que había estado
durmiendo a la par que él, ya le estaba esperando en el asiento del conductor.
Para ese servicio iban a ir un total de cuatro.
-Sube que te estamos esperando. –le dijo Chema
animado. – ¿Has oído? ¡Contenedores! ¿Qué mejor excusa para levantarte en plena
noche que unos maravillosos contenedores ardiendo?
-¡Adelante! –dijo ya subido al camión haciendo caso
omiso de su compañero. –Contenedores de nuevo ardiendo enfrente del Yelinas.
¿Cuándo fue la última vez que recogimos una llamada de esa calle? –la radio
pareció pensárselo un momento.
-Exactamente hará una semana. –le contestó
finalmente.
-Sea lo que sea que ocurra en esta ciudad parece que
su centro es ese callejón. –sonaba ser una afirmación un poco exagerada pero la
realidad era que desde hacía cinco años aquella ciudad no había vuelto a ser la
misma, bueno, aquella ni ninguna, pero en lo que se refería a ellos, Salamanca
era su lugar de actuación y por lo tanto, la única ciudad que importaba.
Itahiza no recordaba apenas los primeros meses tras
los atentados. Había pasado tres semanas ingresado en el hospital tras lo
ocurrido en la Tabernita. Había estado inconsciente, en estado de shock, en
fase de negación, había pasado por más de una operación debida a restos de
metralla que le habían alcanzado en la zona del bazo…
Como era lógico, no había vuelto a trabajar hasta
aproximadamente un año después de lo ocurrido, y en ese tiempo de ausencia todo
el mundo se había terminado de ir a la mierda.
Salamanca, como ciudad situada en el mundo, no había
sido menos.
El centro fue un caos durante meses estando como
protagonista en casi todos los casos el callejón a donde se estaban dirigiendo.
Ahora ya casi nadie pisaba aquel lugar por la noche.
Por la mañana, sin embargo, con el paso de esos años, el centro turístico había
vuelto a la normalidad como si aquellas aceras solo existieran mientras el sol fuera
visible en el firmamento.
Por el día transeúntes, guiris, estudiantes,
trabajadores… por la noche ni una sola alma.
La policía había intentado controlar aquel alto
índice de criminalidad mandando a un gran número de efectivos a vigilar la
zona. Pero a la mínima que miraban para
otro lado siempre ocurría algo. Pronto todo aquello se convirtió en algo
normal. Quienes vivían allí y podían permitirse mudarse lo hicieron dejando, en
cuestión de meses, aquel lugar prácticamente despoblado.
Las tiendas y las grandes empresas, en ese momento,
decidieron aprovechar la huida de los ciudadanos para comprar y plantar sus
oficinas allí.
Ya nadie vivía en el centro, al igual que otras
muchas ciudades, especialmente americanas, el centro se había convertido en un
lugar de trabajo y vida diurna, mientras que las noches quedaban para la gente
rara.
-Nos acaba de informar la policía de que han
encontrado un cuerpo. –dijo la voz de centralita por la radio. –ya están los
sanitarios en la escena, os esperan para asegurar la zona.
-Estamos llegando. –contestó Chema.
Dejaron el camión a la entrada del callejón y
salieron rápidamente con el material necesario para la actuación.
Allí les estaba esperando tanto la policía como los
sanitarios mirando tranquilamente los dos contenedores volcados. Con el tiempo se
habían acostumbrado a aquellos tipos de escenas.
Dos bolas de fuego enormes se encontraban en el
centro de la calle impidiendo el paso. Al fondo, iluminada por las llamas, la
puerta señorial de lo que en su día había sido uno de los locales favoritos de
Itahiza se mostraba a ellos dándoles la bienvenida. El Yelinas había cerrado
junto con todos los locales nocturnos de alrededor y aquellas puertas se habían
convertido en una especie de leyenda, una maldición. El callejón del Yelinas había
pasado a ser un lugar que simplemente daba mala suerte. Las siglas, M, H, T, S,
V, del cartel aún impreso encima de la entrada ya casi se habían borrado debido
a la falta de mantenimiento.
Miró hacia arriba viendo todas las señales de se vende
colgadas en los edificios de alrededor.
Tras hablar con la policía y que les dieran el visto
bueno para actuar, se pusieron a ello. No tardaron en apagar los contenedores, de
ellos no paraba de salir un calor inaguantable y, lo que era peor, un fuerte olor
a carne quemada que confirmaba la información de que al menos uno de ellos contenía
un cadáver en su interior. Dentro del que justamente se había volcado, se podía
ver el cuerpo medio calcinado.
En cuanto se hubieron cerciorado de que no había la posibilidad
de que volvieran a encenderse, su trabajo allí ya había acabado. Avisaron a los
presentes para que empezaran con su parte y se quedaron a un lado.
-Odio este callejón. Llevamos ya tres muertos este
año. –el policía que estaba a su lado parecía cansado, se tapaba la nariz con un
pañuelo mientras observaba la escena. -¿Se han salvado las manos? –preguntó al
sanitario que estaba al lado del cuerpo.
-Sí y ante la próxima pregunta, si. ¿Qué coño está
pasando? –el chico joven que estaba arrodillado ante el contenedor volcado observando
el cadáver parecía desconcertado.
-Mierda, o estamos ante un asesino en serie o no me
lo explico. –el mal humor del policía iba en aumento. –sacad fotos de toda la
escena y del tatuaje. Que no quede nada sin fotografiar. Ya sé qué me vas a
contestar pero tengo que hacer la pregunta igualmente. ¿Es el mismo que el de
los otros dos?
-La U y la S. –confirmó el médico. Parece que todos
pertenecían a la misma banda.