miércoles, 2 de diciembre de 2020

SEIS (Desconocidos)

 


La arquitectura, como arte, lo abarca todo.

Los espacios vacíos generados entre lo construido, la vida y su evolución descontrolada en base a  las necesidades que van apareciendo, hacen de esta un elemento viviente que merece la pena ser mencionado.

Nada dura para siempre pese a que nos empeñamos en que así sea. Todo cambia, evoluciona, y cuando le ha llegado su hora, muere dejando atrás aquello que una vez fue.

Los espacios tienen que ser utilizados para generar arquitectura.  La evolución y el desgaste de ellos forman parte de ella.

U.S

 

-¿Dónde está? -pese a sostener una navaja en la mano con actitud amenazante, aquel hombre parecía bastante cuerdo.

Tenía la voz más grave que la que recordaba en el bar. Parecía un señor de no más de cincuenta, sin nada que destacar a parte de un traje muy descuidado. Un hombre de a pie común del que no  se hubiera acordado de no haber sido por el tatuaje extrañamente idéntico al de Alex.

David miró la navaja y con ella el símbolo de la mano ahora bien visible pese a la poca luz que podía entrar a través de las persianas.

-No sé a qué o a quién se refiere. ¿Me está siguiendo? -Tenía bastante claro que sí, pero en esos momentos sus palabras se adelantaban a sus pensamientos.

Le había dado la impresión de que había mantenido especial atención a la conversación que había tenido con Jess, pero se había acabado convenciendo de que eran imaginaciones suyas. Ahora tenía claro que no.

El hombre se acercó dando un par de pasos, siempre con el filo por delante. Las hojas de papel tiradas por el suelo sonaban al aplastarse bajo sus pies.

-¿Te crees que soy tonto? -a David le entraron ganas de responder. -¿Crees que no se qué habéis estado haciendo Andrea y tú? Sabéis dónde está, y me lo vas a decir ahora. –una sonrisa apareció en su rostro.

-¿Andrea? ¿Quién es? ¿Qué queréis encontrar? –no se le había pasado por alto que estaba en ese momento hablando en plural.

-¡LA ESCALERA! -Gritó medio ido dándose un golpe en la cabeza con la mano libre.

David se sobresaltó, los ojos hinchados en sangre de aquel hombre no presagiaban nada bueno. Aquella imagen de alguien cuerdo se iba transformando en la de un hombre recién salido del manicomio. El ambiente cada vez estaba más cargado. La tensión era cada vez mayor y el desconocido no paraba de acercarse. Paso, a paso.

Aún con el cuaderno en la mano, se lo lanzó a la cara con todas sus fuerzas. Fue algo automático, simplemente lo hizo sin pensar en las consecuencias.

-El hombre, debido a un acto reflejo, se cubrió la cara,  momento que aprovechó David para lanzarse contra él.

No quiso quitarle el cuchillo, no estaba dispuesto a usarlo ni a meterse en una pelea de la que podía salir herido. Siempre había sido de evitar conflictos, por lo que simplemente le empujó contra el marco de la puerta. El hombre cayó al suelo dejando un hueco por el que poder colarse.

Salió corriendo sin preocuparse en nada más.

Atravesó la puerta principal de aquel piso completamente vacío. Bajó las escaleras, atravesó el portal cuya puerta aun seguía abierta, y siguió corriendo sin rumbo fijo ni mirar a atrás. No quería saber si aquel hombre le seguía, tenía miedo de las represalias por haberle atacado.

Al rato de seguir corriendo decidió que era buen momento para dejar de hacerlo y ver dónde estaba, no porque se sintiera cansado, sino por el simple hecho de que en algún momento tenía que parar.

 Se encontró con que había salido del barrio. Al tranquilizarse el cansancio creció según desaparecía la adrenalina. Se sentó en el primer banco que encontró y respiró profundamente.

No tenía la más mínima idea de lo que acababa de pasar. Estaba siendo un día de lo más raro, primero la visita a los padres de Iván, la visita a sus propios padres, la comida con ellos… luego, por si eso no hubiera sido suficiente, la vuelta al café de toda la vida donde se había encontrado con Jess.

Aún no tenía claro si había hecho bien en entrar en casa de Jaime, ¿Qué había sido de él? Estaba claro que en el piso no se encontraba aunque este estuviera abierto de par en par.

Había dado por sentado que el desorden de aquella habitación había sido debido a las paranoias de un drogadicto, pero ¿Y si en realidad alguien había estado buscando algo entre sus pertenencias?

“¿Dónde está?”, era lo que había preguntado aquel hombre, “¿Dónde está la escalera?” en menos de 48 horas esa escalera había salido a colación ya en demasiadas ocasiones. ¿A que se referían cuando hablaban de la escalera de Penrose y por qué la ansiaban con tanta desesperación?

 “¿Crees que no sé lo que habéis estado haciendo Andrea y tú?” ¿Quién era esa tal Andrea? ¿Sería el verdadero nombre de Alex? Al fin y al cabo solo la conocía del día anterior y no sabía absolutamente nada de ella. Estaba también el tema del tatuaje que compartían ella y su atacante…

Miró el reloj, ya eran las 21:30. Con todo, la tarde se le había pasado volando pese a que el día en general había sido de los más largos que recordaba.

Se fijó en que los paseantes le miraban cómo sollozaba tras parar de correr. Hacía mucho desde la última vez que había hecho un esfuerzo físico de ese tipo, a decir verdad, hacia mucho desde que hacia un esfuerzo físico de ningún tipo.

Tenía frio y unas ganas enormes de fumar, pero se había dejado todo en el coche.

Fue caminando dándose cuenta de toda la distancia que había recorrido hasta llegar allí. El cuerpo humano era increíble, cuando se sentía en peligro era capaz de hacer cualquier cosa que en un estado normal no. Se sentía algo cansado pero había recuperado el aliento con bastante rapidez. Sus músculos no se notaban particularmente agarrotados, aquella carrera había sido todo un logro para él.

Según se fue acercando al coche, empezó a mirar hacia todos lados con nerviosismo. Esa calle estaba bastante transitada para ser aquellas horas un día de entre semana.

Una pareja de ancianos daba tranquilamente un paseo en lo que unos chavales, de no más de 16 años, reían sentados en un portal. Los bares estaban abarrotados, terrazas incluidas pese al mal tiempo. Varios paseantes con sus perros hablaban entre sí en lo que esperaban a que estos hicieran sus necesidades… el ruido de los charcos sonaban al ser pisados por las ruedas de los coches a la vez que los perros ladraban jugando entre ellos.

Todo el barullo de aquel barrio lo convertía en un lugar con vida.

Pese a esto, David miraba de un lado a otro por si el hombre volvía a aparecer. Se sentía vigilado y era una sensación que no le gustaba lo más mínimo.

Decidió entrar en una hamburguesería para asegurarse de que no le seguían y aprovechar para cenar algo. Tenía hambre y no se había dado cuenta hasta el momento. Los cigarros podían esperar, al fin y al cabo, se estaba planteando dejar de fumar.

 

Durante la cena no pudo dejar de pensar en todo lo ocurrido. Sentía como si todo el mundo le mirara. En un momento se dirigió al baño para asegurarse de que no tenía nada en la cara.

Cenó tranquilamente sin ninguna intromisión. Una vez hubo acabado, pagó sin preocuparse por la vuelta y salió de nuevo dirección al coche dejado un par de calles más allá.

La callejuela donde estaba aparcado, al contrario que la avenida por la que acababa de pasar, estaba vacía y en silencio.  Ya se había calmado lo suficiente, aunque decidió no detenerse hasta llegar al coche.

Sacó las llaves de su bolsillo y justo cuando fue a abrir la puerta se dio cuenta. Las llaves se le cayeron. La respiración volvió a sobrecargarse y empezó a mirar hacia todos lados buscando a alguien, esperando a que alguien le atacara en cualquier momento.

No podía ser. En la propia puerta del coche había marcado con un rallón la U y la S. Alguien la había dejado ahí como aviso. Miró en busca del hombre pero para su tranquilidad, la calle estaba vacía.

Se agachó con nerviosismo buscando las llaves por el suelo. Tardó aún un poco en encontrarlas y se le cayeron un par de veces más antes de afianzarlas. Las manos no le respondían.

Abrió la puerta, entró en el coche y miró en los asientos de atrás para asegurarse de que estaba solo. Una vez hubo hecho eso respiró tranquilo. Como si estuviera debajo de las sábanas, dentro de ese coche se sentía seguro. Puso las llaves en el contacto y arrancó el motor. Quería irse de allí lo antes posible.

 

Estuvo conduciendo una hora sin rumbo fijo. Simplemente no se sentía aún preparado para salir del coche por lo que decidió, sin pensarlo previamente, dar un paseo al puro estilo americano.

Siempre le había gustado conducir en Salamanca. Había conductores gilipollas, como en todos lados, pero generalmente era una ciudad donde alguien que se conociera las calles podía ir de un sitio a otro sin el más mínimo problema.

Decidió dirigirse hacia el parque de la Aldehuela para ver cómo había cambiado. Recordaba cómo, cuando era joven, todos los domingos iba con sus padres a ver el rastro que allí ponían. Recordaba el barullo de la gente y de los señores de los puestos gritando sus productos y rebajas al aire. Casi podía oírlo.

No era domingo, por lo que todo aquello ahora era un aparcamiento bastante vacio donde los jóvenes entre semana hacían las prácticas de conducir.

Condujo hasta las afueras de la ciudad para después volver a entrar por el puente de hierro desde donde se veía toda la ciudad iluminada.

Al igual que la noche anterior, aparcó por la zona del puente romano. Cogió un cigarro de la guantera, prefería ir racionándoselos uno a uno para evitar fumar de seguido. Por esa misma razón, dejó su petaca con la cajetilla. Tras evitar la tentación a un último trago, salió del coche.

El vaho saliendo por su boca le hizo darse cuenta de la época que era. Se estaba acercando la navidad.

Se paró un momento a desfrutar de la escenografía que esa ciudad presentaba.

La Casa Lis, con su vidriera art decó iluminada y sus escaleras de piedra, se mostraban protagonistas dentro de un cuadro donde  se encontraba el puente romano, el rio repleto de árboles, y, cómo no, la imagen de la catedral  iluminada. Todo ello perfectamente colocado en un entorno de casas de piedra arenisca y adoquines.

-Es una ciudad jodidamente preciosa. –Dijo para sus adentros con un todo de orgullo y tristeza.

En ese instante recordó el diario de Iván y se arrepintió de habérselo tirado a aquel hombre. Sentía gran curiosidad por saber qué más había escrito su amigo y si le habría mencionado más veces a parte de en esa primera página que había leído.

Ahora ya nunca lo sabría. Aunque no se lo hubiera llevado aquel hombre tras la trifulca, cosa más que probable, tenía muy claro que aquel cuaderno no valía el tener que volver a aquella casa.

No había encontrado a Jaime, pero la posibilidad de volverse a encontrar a aquel loco le disuadía de volver.

Se puso un jersey, la gabardina, la bufanda y comenzó a caminar.

Pasó por delante de la Casa Lis. Esa casa de metal y vidrio de colores era una imagen muy reconocida de esa zona del rio. No recordaba la última vez que había entrado en ella a ver su exposición de muñecas, que es por lo que era conocida, pero recordaba muy bien su patio interior, uno de los muchos y preciosos patios que aquella ciudad tenía. La ciudad de oro, la ciudad de los rincones, del frio, bares e historia.  La ciudad universitaria por excelencia en un país que estaba haciendo que la gente olvidara sus joyas del interior al hacer único caso a su potencia económica costera.

La España vacía y anciana estaba siendo cada vez más vacía y más anciana.

Anduvo por aquellas calles vacías y silenciosas dirección al Yelinas. Tenía unas preguntas que hacerle a Alex y ella misma le había dicho que estaría allí la noche anterior.

Decidió dar un pequeño rodeo hacia el convento de San Esteban. Le gustaba aquel frio que hacía que le dolieran las orejas y saliera vapor de su boca al respirar.  Le hacía sentir que aún estaba vivo. Le despejaba todos los sentidos.

Continuó tranquilamente por el paseo del rio hasta que no pudo más llegando finalmente al parque donde estaba el convento de San Esteban.  Siempre le había atraído aquella iglesia, aquella fachada barroca llena de adornos.  El interior, al igual que la casa de Lis, apenas lo recordaba, pero aquel trocito de parque con aquella enorme fachada de fondo siempre le había gustado. Le hacía sentir, en cierto modo, orgulloso de ser de allí.

Siguió caminando por la gran vía hasta alcanzar su destino. Desde fuera se podía oír, pese a ser entre semana, la música y el ruido generado por los clientes.

Bajó las escaleras. Siempre que cruzaba la puerta se acordaba de los enormes submarinos de humo pre ley antitabaco y le sorprendía encontrarse con un habiente libre de ellos.

La gente bebía al margen de todo problema del exterior, como si en aquel lugar, al igual que momentos antes en su coche, nada les pudiera hacer daño.  En ese sitio simplemente las personas eran dueñas de su propio destino, libres de todo juicio y falsas expectativas.

 “Si hay algo por lo que sentirse orgulloso de ser español es sin lugar a dudas por sus bares”, pensó sonriendo para sí.

Cerró los ojos reconociendo acto y seguido la canción que sonaba, “Farewell” de Avantasia.

Miró por todas las mesas en busca del pelo rubio y rizado de Alex. Estaba sentaba bebiendo sola una cerveza en la mesa del fondo de la sala, justo al lado de la puerta de “solo empleados”. Ella no hizo por verle. Jugaba con el asa de la jarra tranquilamente.

Se acercó a la barra saludando a la camarera con la que había estado hablando el día anterior. Ella le devolvió el saludo, parecía algo nerviosa pero David lo achantó al típico agobio que en ocasiones se tenía en ese tipo de trabajos y que él tan bien conocía.

-Ha vuelto. Veo que le gustó el ambiente ayer. –dijo sonriendo y señalando con los ojos a Alex. – ¿Le pongo lo mismo?

David asintió con la cabeza. Nunca dejaba de apetecerle una cerveza bien fresquita y, viendo el día que había tenido, la necesitaba más que nunca.

-¿Día duro? –parecía haberse dado cuenta.

-Por lo que parece tú también. –se limitó a contestar. Ella soltó una carcajada algo nerviosa y le dejó la jarra sobre un posavasos delante de él.

-Dejémoslo en extraño. Ahora, a pasar un buen rato. –volvió a sonreír y a mirar a Alex que seguía jugando con el asa de la jarra. –cualquier cosa no dude en avisar, de aquí no me muevo. –dicho esto se dio media vuelta a atender a más clientes que acababan de llegar.

Se quedó unos minutos bebiendo tranquilamente en la barra antes de decidir acercarse a la mesa del fondo. Era el primer momento que tenía relajado para él solo y quería disfrutar aunque fuera de los primeros tragos antes de volver a la vida real.

“Nunca estas contento con nada” –pensó para sí. – “cuando estas solo estas deseando estar con gente, y cuando estas acompañado en lo único que puedes pensar es en volver a estar solo.”

Le dio unos últimos sorbos y se acercó a Alex.

-¿Puedo sentarme?

-Me preguntaba cuándo se decidiría a preguntármelo. Sería gracioso que le rechazara después de que me hubiera aceptado usted a mi ayer.

No parecía sorprendida de verle, es más, parecía que le había estado esperando.

-Por favor, de “tú”, aún no tengo edad ni gilipollez como para que me traten de usted.

Hoy he tenido un día muy raro. –se limitó a decir en lo que se sentaba delante de ella. Bebió un trago tranquilamente, no tenía ninguna prisa. –fui a visitar a un viejo amigo y alguien con su mismo tatuaje me atacó. –No tenia costumbre de dar rodeos para contar nada, por lo que no vio necesario alargar ni adornar más la historia. –me amenazó con una navaja.

-¿Alguien con mi mismo tatuaje?

-El de su dedo.

Ella se limitó a verlo como si fuera la primera vez que se daba cuenta de que aquellas siglas estaban marcadas en su piel.

-¿Cómo era aquel hombre? ¿Le dijo algo? –se limitó a preguntarle sin el menor atisbo de sorpresa en su voz.


martes, 24 de noviembre de 2020

CINCO (Reconsideraciones)


La vida es fruto de una sucesión de resultados completamente aleatorios.

La aleatoriedad y la suerte forman parte de la vida desde el primer momento de la fecundación. Tan pronto podíamos haber sido nosotros, como cualquier otro o ninguno.

U.S

 

-Hola David, aún no habíamos hablado.

La seriedad de su voz le sorprendió. Parecía sobria, no había el más mínimo indicio de que estuviera bajo los efectos de ninguna sustancia. Ante él se encontraba una persona muy distinta a la novia de su amigo.

Obviando su aspecto famélico, Jess parecía haber encauzado su vida de un día para otro.

-Sé a lo que has venido, y tranquilo, no vengo a disuadirte, no soy quién para decirte que no le eches en cara a nadie la muerte de Iván. Simplemente quería tomarme un café contigo antes, a poder ser.

David se encogió de hombros y, apartándose a un lado, invitó a entrar a Jessica a la cafetería de la que acababa de  salir.

Esta vez se sentaron en una esquina, el camarero le miró y se acercó a ellos. Ambos pidieron café.

Ninguno había dicho nada aun cuando el camarero volvió con las tazas. Ambos se tomaron su tiempo para remover sus bebidas y echarse azúcar.

-¿Hacía cuánto que no venias a Salamanca? Iván no te olvidó en estos años, a decir verdad no os olvidó a ninguno de vosotros. –su voz parecía triste. David se dio cuenta en ese momento de que la muerte de Iván había sido un duro golpe para ella. –Iván estuvo raro durante los últimos meses. No paraba de mencionaros, en especial a ti, aunque no le di la más mínima importancia ya que, al fin y al cabo, eras tú el último que quedaba con vida. ¿Se puso en contacto contigo en algún momento?

Negó con la cabeza. Parecía que le costaba hablar en presencia de aquella mujer. Jess y él nunca habían sido amigos, ella simplemente había sido la novia de su colega y, ya fuera por ella, o por él mismo, nunca se habían molestado en conocerse mejor el uno al otro.

Eso, añadido con el hecho de que ella también se pinchaba, la había convertido en más un estorbo que alguien por quien preocuparse.

-La verdad es que, hasta que la policía me llamó hace unos días, no había vuelto a saber de él.

-No sé por qué decidió colocarse solo ese día. –se notaba que Jess estaba haciendo todo lo posible por no derrumbarse delante de él. Pegó un sorbo a su café. –Hasta el momento siempre lo habíamos hecho juntos. No dejo de pensar que si hubiera estado aquel día con él…

-¿Estuvo solo en el momento de la sobredosis? –esa noticia le pilló por sorpresa, había dado por hecho que tanto ella, como Jaime, habían estado presentes pero lo suficientemente colocados como para no hacer nada al respecto.

-Esa tarde estuvimos juntos en el bar como cualquier otra tarde. Todo iba normal hasta que recibió una llamada que le puso nervioso y me dejó allí tirada, seguro que fue aquella mujer con la que últimamente pasaba tanto tiempo. Luego, a la noche, volví a casa y me lo encontré tirado en la cama del dormitorio boca arriba. –las lágrimas caían por las gafas de sol aun puestas en el interior del local. –Nunca se había pinchado estando solo, lo teníamos como una norma. –repitió como excusándose. –Alguna vez habíamos tenido un susto pero siempre controlábamos las cantidades, es más, nunca nos colocábamos en la cama para evitar quedarnos dormidos boca  arriba.

“Unos yonquis con normas” –no pudo evitar pensar David, en el acto se arrepintió, no era quien para juzgar a nadie.

-La mujer que has mencionado antes, ¿Te refieres a Alex?

Jess pareció desconcertada con la pregunta.

-Nunca me dijo su nombre. Algo más baja que yo, pelo rizado amarillo paja, estuvo con nosotros en el cementerio, no sé si te das cuenta. Apareció hará unos meses por el bar, lo recuerdo bien porque me llamó la atención ver a alguien como ella en un sitio como aquel, tan arreglada y con esos aires nobles. Se había acercado a hablar con Iván. Nunca me dijo de qué, pero recuerdo que desde entonces se reunían todas las semanas. Iván me contó que le estaba ayudando con un trabajo de investigación o no sé qué, y le estaba pagando bien por ello.

Cubrimos nuestras deudas en cosa de unas semanas y parecía que todo nos estaba yendo mejor, pero Iván cada vez estaba más nervioso, más distante.

-¿Nunca hablasteis de ese trabajo que estaba haciendo?

-Por más que preguntaba me daba largas. Solo sé que empezó a recordaros a vosotros y el tiempo que pasasteis juntos, más que de costumbre quiero decir. Por eso se me ocurrió venir a hablar contigo ahora, sabía que tarde o temprano ibas a pasarte por aquí y en cuanto te vi a través de la puerta no pude evitar esperar a que salieras.

El momento de silencio que siguió después se hizo prácticamente interminable. David tenía mucho que pensar, nunca había hablado tanto con Jessica hasta ese momento. Se dio cuenta de que había generado una personalidad alrededor de aquella mujer sin apenas conocerla y que, en esos momentos, ellos dos tenían algo en común que les unía le gustara o no. En cierta manera le había culpado de la muerte de su amigo, pero la verdad es que ella era una víctima más de unas malas decisiones que les habían atado hasta la fecha.

Con ello no quería justificar a nadie nada, pero se daba cuenta de que todos los presentes eran culpables de sus decisiones y estaban sufriendo por ellas. Iván, Álvaro, Borja y Carlos, habían pagado por las suyas más de lo que podían abarcar.

Metió la mano en su bolsillo notando el tacto frio de la petaca y la tarjeta.

-¿Te puedo hacer una pregunta que tal vez te resulte extraña? –decidió romper el silencio, ella se le quedó mirando, o al menos eso parecía, a través de los cristales oscuros de las gafas de sol. – ¿Iván te contó alguna vez algo sobre esto?  -Preguntó sacando la tarjeta de la gabardina y tendiéndosela encima de la mesa. Se fijó  en ese momento en que el borracho de la barra se giraba pendiente de la conversación. Bajó un poco la voz. –Me la dio ayer la mujer que trabajaba con Iván, la llamó la escalera de Penrose.

-Escalera de Penrose. –Repitió haciendo esfuerzos por recordar. –La verdad es que el nombre nunca lo escuché pero, como ya te dije, Iván no me contaba nada sobre aquel trabajo. Lo que si reconozco es el dibujo, lo dibujaba siempre que estaba aburrido, parecía obsesionado con aquella escalera, lo consideré una de las muchas paranoias de cuando estas colocado, no le di mayor importancia.

Recuerdo que hasta empezó a ir a la biblioteca del campus algunas tardes, nunca me contó que iba pero le seguí en más de una ocasión ya que nunca se iba sin decirme nada. Recuerdo que una tarde le pregunté qué hacia tanto tiempo ahí dentro y se puso como una fiera reprochándome que por qué le espiaba y que no me fiaba de él. ¿Por qué? ¿Qué es ese símbolo?

-La verdad es que no lo sé, como ya te he dicho me lo dio ayer la mujer del cementerio. Me encontré con ella después del funeral en el Yelinas, no sé si por casualidad o me estaba buscando. No le he dado importancia hasta ahora pero igualmente me parece todo muy raro. ¿A qué biblioteca iba? ¿Zacut?

-No no, a la de la Pontificia. Me extraño verle entrar allí, ya sabes cómo era Iván con el tema cristianismo y tal. –Se quedó un rato mirando la imagen antes de devolvérsela. –Fuera lo que fuera en lo que estuviera metido pasó a ser su principal preocupación.

David decidió que se pasaría por allí más adelante. Si su amigo había ido a la Pontificia tanto como decía Jess, igual los trabajadores le podrían decir algo al respecto.

Pasaron una hora más en el bar poniéndose al día de todo lo vivido en sus años de ausencia. Ninguno de los dos había avanzado en lo que a la vida se refiere, simplemente eran los mismos, más viejos y cansados, pero los mismos al fin y al cabo. Los mejores ejemplos de fracaso vital que se podía tener.

David pudo deslumbrar un ápice de cambios venideros en lo que hablaba con Jess. Tanto ella como él estaban cansados de echarle la culpa al resto de sus propios errores, de gastar sus días sin lograr nada a cambio.

Tras la muerte de Iván, ambos se habían dado cuenta de que la situación no podía seguir igual.

Jess le contó que había decidido desintoxicarse. Había pedido ayuda a sus padres quienes se habían puesto en contacto en el acto con un centro especializado.

No había vuelto a ver a Jaime desde el día anterior, en el  entierro. Le  había acompañado a casa a meterse el último pico. Después había recogido las cosas y había vuelto con su familia.

 David se vio identificado cuando ella le contó lo mucho que le había costado dar el paso de volver a casa.

-Despídete de él de mi parte, se que le echas en cara todo lo sucedido, y puede que hasta yo misma lo haga, solo sé que si vuelvo con él no saldré de esta espiral de autodestrucción. –dijo dándole un abrazo de despedida. –me voy mañana por la mañana, cuídate y no seas duro con él. Simplemente está en la misma situación en la que estuvimos todos nosotros.

David asintió con la cabeza, en cierto modo sentía que en aquella hora había conocido a una persona completamente distinta a quien creía conocer. ¿Había estado equivocado con ella todo este tiempo? ¿Lo estaría también con Jaime?

Se despidió sabiendo que la última persona que le ataba a su pasado se alejaba para no volver. En cierta forma se sentía liberado, esos dos días que había estado en Salamanca estaban siendo intensos pero reveladores. Ella había decidido avanzar, él, por su parte, también lo haría. Le deseó la mejor de las suertes en el futuro duro que le esperaba y se dio media vuelta.

Caminó  por las calles de aquel barrio, la peluquería, la tienda de gominolas donde más de una vez habían mangado por el simple hecho de sentir la adrenalina, los bancos de la plaza donde pasaban las tardes fumando… a cada paso le venían  viejos recuerdos a la mente recordándole que no todo había sido malo. Habían sido jóvenes llenos de vida, ¡qué coño! Él aun lo era.

Siempre les recordaría pero ahora tenía bien claro que tenía que vivir, tenía que hacerlo porque ellos ya no podían, se sentía una persona nueva después de aquel café.

Se acercó al portal de la casa donde vivía Jaime. En ese lugar habían pasado también horas sentados charlando. Aquellos recuerdos ya no eran tan buenos como los anteriores. Desde que había llegado Jaime era como si un nubarrón apareciera dispuesto a liberar la tormenta, pintando todo de gris a su paso y con un frio húmedo del que no te puedes librar por muy abrigado que estés.

Había llegado para quedarse.

La puerta estaba abierta así que decidió no llamar. Jess le había recordado qué piso y puerta eran por lo que se metió en el ascensor y subió directamente.

Le había contado que allí habían vivido los tres juntos el último año. Pasaban tanto tiempo allí que prácticamente se habían mudado, Jaime incluso les había cedido uno de los dormitorios.  Ella no había vuelto desde después del funeral, había recogido lo indispensable y el resto lo había dejado allí abandonado al olvido.

Lo que no parecía ser mucho tiempo,  ya que solo habían pasado unas horas,  para ella había sido todo un esfuerzo. Le había contado a David cómo se había planteado seguir los pasos de Iván con ese último pico, y cómo esos pensamientos le habían asustado tanto como para replantearse volver suplicando la ayuda de su familia.

Frente a la puerta, a oscuras, pensó en dar media vuelta, aún estaba a tiempo, ya no tenía muy claro los motivos por los que estaba allí.

Justo cuando se decidió a llamar se dio cuenta de que también estaba abierta.

-¿Jaime? –gritó no con mucho ánimo de que le oyeran. –Jaime, ¿Estás ahí? Soy David.

Llamó pero nadie salió a recibirle.

“Siendo un piso de yonquis no es de extrañar que no esté cerrado” Pensó recordando cómo en ocasiones había visto a Jaime dejar la puerta entornada para que sus compradores se sintieran libres de entrar a por la mercancía cuando quisieran.

La policía nunca le había preocupado mucho, y menos en aquel barrio de la ciudad donde lo más que ocurría era un incendio de vez en cuando fruto del despiste de algún anciano.

Abrió la puerta acordándose de un millón de escenas de películas que comenzaban de la misma manera. El piso estaba entero a oscuras y en silencio. Se planteó si llamar a la policía pero la pereza pudo más. Avisó que iba a entrar y cerró la puerta a su paso.

Ante él se encontraba un pasillo de no más de cinco metros con el salón al fondo. A su izquierda dos puertas daban paso a la cocina y a uno de los dos cuartos de baño que tenia la casa.

Estaba todo bastante limpio. Jaime nunca se había caracterizado de ser alguien desordenado y sucio.  Por el contrario era un gran amante de la limpieza. Volvió a gritar su nombre sin recibir respuesta, tanto la cocina como el baño estaban vacios por lo que decidió adentrarse hasta el salón.

En la mesa aun se encontraban la cuchara, la goma y las jeringas del último pico. Las cortinas estaban echadas pero se podía ver lo suficiente, no había nadie. Al lado del sofá, la puerta que llevaba a los dos dormitorios y el baño restantes, estaba cerrada.

Volvió a gritar, volvió a no tener respuesta, solo el silencio, David notó como su corazón le latía más rápido de lo normal, ¿Había hecho lo correcto al venir allí? Ya que estaba no se iría sin hablar con Jaime. Abrió la puerta dando a un vestíbulo con tres estancias, el baño estaba vacío, por lo que llamo al dormitorio de Jaime.  Tras de nuevo no recibir respuesta, se decidió a abrir.

Allí había una cama hecha a la perfección en un dormitorio completamente vacío.

Se giró, llamó a la segunda puerta que daba a la habitación donde habían estado durmiendo Jess e Iván y abrió encontrándose una situación completamente distinta al resto de la casa.

La cama estaba deshecha tal y como la habían dejado tras retirar el cuerpo de su amigo, parecía que nadie había estado desde entonces. Jess le había dicho cómo la policía había entrado en el piso y habían considerado sobredosis en el acto. Les habían llevado tanto a ella como a Jaime a la comisaria y les habían interrogado mientras los de la científica se habían quedado en el piso. En ningún momento habían dudado que aquel resultado no se debiera a aquel motivo.

Jaime y ella habían escondido toda la mercancía antes de llamar a emergencias, por lo que no habían podido incriminarles en nada.

David recordó la voz de arrepentimiento con la que Jess le había contado aquello momentos antes.

-Mi novio muerto en la habitación de al lado, y mi mayor preocupación fue que no nos pillaran por tráfico. –había llorado.

Los papeles sobresalían del escritorio adueñándose también del suelo. David no recordaba que Iván fuera alguien dado a la escritura y lectura, por lo que le extrañó encontrarse con todo aquello. Apenas se veía el suelto entre tanto folio. Los de la científica no se habían molestado en ordenar el estropicio una vez vistos los motivos de la muerte.

Cogió el  más cercano a su pie. Jess tenía razón cuando había dicho que Iván se había obsesionado con aquella escalera, un dibujo esquemático de ella ocupaba toda la cara de aquel papel al igual que muchos otros de la habitación. “Paranoias de alguien que está colocado” lo había llamado.

Se adentró en la habitación tratando de pisar lo menos posible las hojas. Había una extraña sensación en aquel ambiente, el silencio, las persianas medio bajadas dejando el lugar en penumbra, el olor a cerrado de varios días, las sabanas deshechas casi con la forma de su amigo… no podía dejar de mirar la cama.

Cogió un par de papeles más con el mismo resultado, diferentes versiones de una misma escalera. Se percató de que en la mesa entre todos los papeles había un cuaderno que destacaba sobre todo lo demás, lo cogió y lo abrió por la primera página. Era una especie de diario con notas sueltas.

“Siempre estuvimos solos, nacimos solos cuando no deberíamos de haber nacido, un error, uno entre infinito.

 Nunca fui consciente del peso de mis actos hasta ahora y ahora, me da miedo  dar tan siquiera un paso.

Ella me escogió para encontrarla, ella es como yo, como lo es David, como lo fueron Álvaro, Borja y Carlos ya desaparecidos para siempre”

-¿Dónde está?

Una voz a su espalda hizo que cerrara el cuaderno de golpe. Ante él se encontraba el calvo del bar apuntándole con una navaja de más de un palmo de largo.

Le miraba fijamente, estaba claro que le había seguido. Extrañamente ya no aparentaba estar borracho, de hecho parecía estar tan sobrio como él. No sabía cómo había sido capaz de acercarse tanto sin levantar el más mínimo ruido.

-¿Dónde está? Repitió dando un paso más en su dirección.


miércoles, 18 de noviembre de 2020

Dibujos Noviembre 2020



 

CUATRO (Pasado)

 


La sangre tiene la importancia que le queramos dar, pero pese a ello, y contra todo sentido común, es este el elemento más valioso que se ha dado a lo largo de la historia para unir a las personas.

Uno llega a este mundo, en el mejor de los casos, por los motivos egoístas de dos personas que deciden expandir sus genes y no desaparecer tras la muerte.

En el peor de los casos es porque lo han preferido a tener una mascota o aparece como un error que se pasa, el resto de su vida, demostrando que no lo es.

El amor no tiene nada que ver con la forma en la que llegamos.

El amor se demuestra posteriormente, día a día, asumiendo la responsabilidad y los sacrificios que suponen traer a una criatura sin su consentimiento a un mundo que no se lo va a poner fácil.

Y eso, si me lo permiten, es lo único a lo que deberíamos dar valor.

La sangre, solo es sangre.

U.S

 

La casa estaba tal y como la recordaba. El mueble del hall con las fotos de familia en la que no pudo evitar fijarse, el olor, la luz, los muebles... todo seguía en su mismo sitio dando la sensación de que nunca se había ido.

David se preguntó si habían aprovechado el vacío que había dejado en su habitación tras su huida o, por el contrario, continuaba como la dejó.

Su padre le llevó, agarrándole cariñosamente del brazo, directamente al salón donde su madre le esperaba. Se había quedado petrificada mirándole con las manos aún sobre el libro que estaba leyendo. Parecía como si le diera miedo  moverse, como si el hecho de hacerlo demostrara que aquello fuera un sueño del que estaba a punto de despertar.

David notó como su padre le empujaba levemente del brazo hacia ella indicándole que tenía que ser él el que diera el primer paso.

-Hola mama. –sus ojos se le llenaron de lagrimas, su voz tembló al igual que el resto de su cuerpo. En su mente se había visto mil veces en aquella situación diciendo esas palabras, pero nunca se había imaginado que ese momento llegara a suceder.

Dio un paso hacia ella lentamente. Ella seguía agarrada al libro abierto por la misma hoja, mirándole directamente a los ojos.

-¿Eres tú? –se atrevió a decir por fin. Soltó las páginas y levantándose se acercó a él dándole un abrazo.

Los dos lloraron. Ella pidió disculpas repetidamente, él hizo exactamente lo mismo.

David no recordó cuánto tiempo estuvieron así, pero cuando por fin se hubieron calmado, se sentaron en los sillones entorno a la mesa del salón.

Su padre y su madre se pusieron uno al lado del otro, justo en los mismos asientos en los que siempre lo habían hecho.

Su madre le ofreció algo de beber, él lo rechazó agradeciéndolo previamente.

-Iván ha muerto. –dijo directamente. –fue su funeral ayer. Esta mañana fui a visitar a sus padres.  –aun seguía llorando. Hacía tiempo que no lo hacía, pero había sido empezar y desmoronarse sacando todo lo que tenia acumulado dentro. –estoy solo, solo quedo yo.

Sus padres se mantuvieron en silencio, él también.

-Estás vivo hijo mío, eso es lo que importa.

Le ofrecieron quedarse a comer cosa que aceptó sin miramientos. Les contó dónde había estado, dónde había trabajado y cómo ahora se encontraba de nuevo en paro. No sacaron el tema de la carrera aunque David vio que sus padres estaban deseosos por preguntarle. La verdad es que se había planteado volver en más de una ocasión pero, cada vez que recordaba lo que era aquello y todo lo que tenía que hacer, una rabia contenida le invadía el cuerpo.

Tenía ya 31 años y una carrera a cuestas pese a no tener el papelito que lo confirmara. Había trabajado como nadie para llegar hasta allí pero lo cierto es que no era nadie.

Saboreó cada bocado de la zanahoria con bechamel de su padre y probó lo que su barriga le permitió de la carne guisada ya que hacía tiempo que no comía de dos platos y ya no estaba acostumbrado.

Les contó cómo había sido el entierro de su amigo. Cómo hacía tiempo que no había sabido de él y cómo se había encontrado esa misma mañana a sus padres. Había tensión en el ambiente, era normal después de tanto tiempo, pero la sensación familiar seguía ahí.

Sus padres pasaban la mayor parte del tiempo fuera de casa haciendo rutas de montaña como siempre les había gustado.

Le informaron sobre familiares algo más lejanos, cómo sus primos se habían casado y algunos ahora tenían hijos, cómo sus tíos habían hecho este u otro viaje y cómo otros habían pasado temporadas de hospital por problemas repentinos de salud.

Cuando hubieron terminado de comer más o menos se habían puesto al día de esos últimos cuatro años.

David ayudó a recoger en lo que su madre hacia el café.

-¿Quieres ver tu habitación? –dijo su padre. –sigue tal y como la dejaste, pensamos en reorganizarla pero no fuimos capaces, siempre tuvimos la esperanza de que volvieras.

Cerró el lavaplatos dando por finalizada la limpieza.

David se acercó a la puerta cerrada de su antigua habitación. Había vivido allí 27 años de su vida, muchas de las cosas que recordaba de aquellos años no eran cosas que deseara revivir, gritos, peleas, trabajar, trabajar, trabajar, sentirse como que nunca era lo suficientemente bueno…  pero entre tanta oscuridad se dio cuenta de que había habido cosas buenas.

Su mesa de estudio seguía con los trabajos de aeronáutica que había hecho para la carrera. Siempre le habían gustado los aviones aunque ahora mismo no tenía muy claro si lo seguían haciendo.

Notó como la rabia reprimida florecía al ver su proyecto terminado que no le habían dejado presentar. Las estanterías con apuntes de la carrera, hasta la mochila seguía donde la había dejado. Rememoró la última discusión que había tenido con sus padres antes de desaparecer durante cuatro años.

Cerró la puerta mirando a su padre con la misma tranquilidad y tristeza con la que había estado hasta el momento.

-Dejemos por el momento el pasado en el pasado.

Su padre asintió sin decir nada más. Le sonrió con más pena que alegría y le apretó el hombro asintiendo con la cabeza.

Se unieron con su madre en el salón.

-Me estoy alojando en el “Mundial”. No sé cuánto tiempo me quedaré. Aún tengo por hacer ciertas cosas aquí en Salamanca antes de volver a Granada y ver qué hago con mi vida.

-Podrías quedarte aquí con nosotros. –Dijo su madre lentamente con el miedo del que dice algo ofensivo. –Podrías quedarte y acabar la carrera, aún estas a tiempo.

David se quedó callado. En ese momento le entraron ganas de sacar la petaca pero recordó habérsela dejado en la guantera del coche. Poco a poco la rabia contenida iba adueñándose de su cuerpo y él seguía haciendo todo lo posible por mantenerla en su interior. Era una sensación parecida a la impotencia, no había acabado la carrera no porque no quisiera, no porque no hubiera trabajado lo suficiente, él se había pasado toda la vida trabajando y no era de los que se quedaban quieto, no, no había sido por nada de eso. No había acabado la carrera por el simple hecho de que psicológicamente ya no podía. Detestaba con todo su ser a los profesores. Había llegado hasta a desear la muerte de alguno de ellos dándose cuenta de la persona en la que se estaba convirtiendo. No podía volver a la universidad, simplemente no podía.

Estaba cansado de que la gente le exigiera una forma de comportarse, de que no pudiera ser él mismo por una vez en la vida.

Y por eso había tomado años atrás la decisión de hacer borrón y cuenta nueva, alejarse de todos aquellos que tenían expectativas en él y crear su propio mundo al margen.

Apuró su café y se levantó del sofá.

-Tengo que irme ahora. Me ha gustado veros. Me aseguraré de volver para despedirme si no antes. Apuntó su número de teléfono en el primer papel que encontró en los bolsillos de su gabardina y se lo tendió a sus padres. –Esta vez no pienso desaparecer.

Su padre se levantó con él para acompañarle hasta la puerta. Su madre le dio un último abrazo diciéndole que le quería con los ojos de nuevo llorosos.

 

No esperó a salir del ascensor para encenderse el primero de muchos cigarros que seguirían. No había ido tan mal como se esperaba pero aún así salía con una sensación de ser un fracaso con la que no había entrado. David rio para sí pensando “Una sensación deprimente más para la colección”

Entró en el coche y le echó mano a la petaca que había en la guantera. Ya daban las cinco de la tarde y aun le quedaba una visita más por hacer.

Se quedó aún un rato en silencio dentro del coche sin ponerlo en marcha. Aún no se creía que acababa de estar comiendo con sus padres. Era hijo único de una pareja supuestamente estéril por lo que, a lo largo de su vida le habían tratado como si de un milagro se tratara y le habían presionado en todo momento para ser el chico perfecto.

Habían puesto, literalmente, todas sus esperanzas en él y él los había acabado defraudando.

Aun así no se creía que hubiera estado hacia tan solo unos momentos con ellos. Ambos habían hecho todo lo posible para no ahuyentarlo cosa que había acabado pasando.

Se prometió a si mismo volver a pasar por allí al día siguiente. Tiró la colilla por la ventanilla y se puso en marcha hacia su siguiente destino.

Era el momento de sacar toda esa rabia y darle un uso productivo para variar.

 

El barrio donde vivía Jaime había crecido bastante con sus años de ausencia. No se podía decir que estuviera a las afueras pero tampoco era muy céntrico, como solían decir, en Salamanca se gastaban como mucho 20 minutos en ir de un punto a otro andando.

La zona estaba habitada principalmente por ancianos y familias que habían vivido toda la vida allí. La variedad cultural era remarcable puesto que era el único sitio donde vivía gente de tantos lugares del mundo en esa ciudad.

Exceptuando alguna pelea de vez en cuando debido a las diferencias, por lo demás se podía decir que era un barrio amable, con gente orgullosa de haber nacido en él, todos se conocían, todos se saludaban, y ninguno se quejaba.

En las cercanías había un total de tres institutos. Uno de ellos había sido el de David, por lo que había pasado mucho tiempo entre esas calles en su juventud.

Tardó un tiempo en aparcar y fue andando calmadamente por la avenida principal buscando las diferencias entre lo que existió y lo existente. Siempre había cambios. Las ciudades respiraban, eran habitadas y siempre había cambios, pero a su vez, los bares de siempre seguían allí.

No tenía prisa, por lo que decidió parar un momento por la cafetería a la que iban siempre a la salida del recreo. Allí seguía el mismo camarero que les vendía alcohol cuando aún no tenían edad para consumirlo.  Era un señor mayor, aunque por lo que  llegaba a recordar, siempre había sido un señor mayor.  Tenía unos kilitos de más y una respiración fuerte solo fruto de una forma de vida repleta de vicios.

Saludó y le devolvió el saludo, pero no le reconoció. Se sentó en la barra y se pidió una caña.

Cuando sacó la cartera para pagar se le cayó al suelo la tarjeta negra quedando el dibujo de la escalera boca arriba.

Lo recogió sin darle la mayor importancia y se puso a jugar con ella en lo que se bebía la caña saboreándola lo más posible. La televisión, colocada en una esquina ponía un programa de cotilleo que envolvía todo el lugar. Esto era solo molestado por los golpes del futbolín donde estaban jugando enérgicamente cuatro chavales de no más de 20 años.

-Hay cosas con las que es mejor  no andar jugando en público.

La voz provenía de un señor que estaba sentado a su lado y en el que no había reparado hasta el momento.

-¿Disculpe? –le había escuchado perfectamente pero quería asegurarse de a quien se estaba refiriendo. Daba la sensación de que estaba bastante borracho. Era un hombre calvo, con una barba que le cubría toda la cara y la mirada fija en la pared de enfrente. Bebía tranquilamente una copa de vino blanco sin hacer señas de haber dicho nada.

David miró por última vez la escalera de Penrose, y volviendo a sacar su cartera del bolsillo, la guardó a buen recaudo entre sus tarjetas.

Decidió obviar el comentario de su compañero de barra dando por supuesto que eran meros pensamientos en voz alta de alguien que no estaba en condiciones para pensar correctamente.

Siguió bebiendo tranquilamente. De lo  que menos ganas tenía en esos momentos era de buscarse líos con alguien que estaba borracho ya a esas horas de la tarde.

Miró a su alrededor y recordó las horas que había pasado en aquel local con Álvaro, Borja, Carlos e Iván jugando al futbolín en vez de estar en clase.

Era una cafetería pequeña, tres mesas, de las cuales solo estaba ocupada una por unas abuelas jugando a la brisca.  Una barra de madera bastante vieja y mal cuidada,  y aquel juego que tanto dinero y tiempo les había consumido.

Recordó cómo a veces se unían con ellos Jaime y Jess, la novia de Iván ya de aquellas.  La verdad es que habían sido una pareja llena de separaciones y vueltas a empezar,  pero si habían aguantado hasta ese momento, había que reconocerles su merito.

En esos momentos sus amigos estaban empezando a consumir no sabiendo lo que ello conllevaría en un futuro.

Apuró el último culo del vaso y se levantó del taburete. Ya había pagado por lo que se dio media vuelta no sin antes darse cuenta del tatuaje que tenía el calvo de al lado en el dedo. Un anillo con las iniciales U S puestas en él. Se quedó un rato mirándole, pero viendo que el hombre seguía absorto en la pared de enfrente, no se le ocurrió otra cosa que salir del bar.

Le hubiera gustado preguntar por el significado de aquel tatuaje, si conocía incluso a una mujer llamada Alex con ese mismo símbolo puesto en el mismo dedo, pero de cualquier forma supo que no iba a recibir contestación de parte de aquel hombre. Ya bastante le costaba mantenerse sentado en el taburete.

Caminó hacia la puerta despidiéndose del camarero que seguía sin reconocerlo. David se sintió algo decepcionado por ello, al fin y al cabo muchos de los recuerdos buenos que tenia del pasado se habían originado entre esas paredes. Tuvo que aceptar que en todos esos años había cambiado lo suficiente de aspecto físico como para no ser el mismo.

Abrió la puerta y salió al exterior. No había llovido en todo el día pero había una sensación en el ambiente que le decía que más tarde caería tormenta.

Se abrochó la gabardina y al mirar al frente se dio cuenta.

Jess le estaba esperando.