miércoles, 19 de mayo de 2021

TREINTA (La escalera perdida del rectorado)

 


Corría el año 1933 cuando me llegó a oídos esta historia que aquí os vengo a contar. Lo llamo historia ya que lo sucedido aquellos días, por muy seguro que esté, me tacharía de loco y cobarde en caso de llamarlo realidad.

Es por ello por lo que me mantengo en la leyenda y en un pequeño relato del que ustedes juzgaran su veracidad.

De aquellas faltaban aún tres años para que comenzara una guerra que por entonces no podíamos ni imaginar.

Yo, como joven estudiante de filología y asiduo amante de las artes,  asistía todos los días a los seminarios que impartían en la facultad que me correspondía, asombrado de aquel edificio y su magnificencia.

No conocía a nadie. Era mi primer año en aquella ciudad y aún no me había dado tiempo a habituarme a su ritmo.

Las mañanas las pasaba en aquel lugar rodeado de conocimiento y personas ansiosas de absorberlo. Las largas tardes las disfrutaba paseando por aquellas calles que emanaban historia entre sus piedras.

Recuerdo que ella se me acercó una de esas tardes. Yo estaba dibujando en mi cuaderno en un café de la plaza mayor cuando se me presentó.

“Eres Miguel ¿Verdad?” –yo al principio no supe que responder, dudé incluso de que se estuviera refiriendo a mi pese a haber dicho mi nombre.

Asentí sin estar muy seguro de aquello.

“Me llamo Teresa” tenía una voz suave pero decidida. Yo me había fijado en ella en más de una ocasión, al fin y al cabo, era la única mujer que asistía a los seminarios. Siempre se juntaba con el mismo grupo de chicos quienes la seguían a todas partes. De vez en cuando se les veía hablando con el bedel, un hombre viejo y esmirriado que paseaba de un lado a otro moviendo la escoba con desgana.

Se sentó en la silla de al lado sin preguntarme siquiera y me cogió el cuaderno para ver el dibujo sin mi consentimiento. Quise protestar pero aquella chica emanaba un aura de confianza contra la que era difícil resistirse.

“Tienes talento” dijo refiriéndose al dibujo. La verdad es que siempre se me había dado bien. Mi padre era arquitecto y me había transmitido su pasión por aquel arte. Por desgracia, y por más que insistiera, él se negó rotundamente a dejarme seguir sus pasos. “Demasiada gentuza hay ya en este mundo” se limitó a decirme. A él le apasionaba la arquitectura, pero simplemente no soportaba la imagen a la que había evolucionado la profesión de arquitecto. “A demasiados inútiles resentidos con la vida dejan enseñar” respondía cuando se le preguntaba por qué creía que se había degenerado tanto aquella profesión.

“Disculpe señorita, pero ¿Qué quería?”

Me dijo que era una estudiante de tercero. Había nacido en aquella ciudad dentro de una familia adinerada, por lo que no tuvo ningún problema en conseguir que le dieran los permisos necesarios para estudiar allí.

Prácticamente toda su vida le habían apasionado los idiomas, desde que de niña había descubierto una serie de cartas en una extraña lengua, mientras jugaba en el dormitorio de su padre.

Yo no sabía por qué de repente aquella mujer recién conocida me estaba diciendo todo aquello, por lo que me limité a escuchar curioso de a dónde me llevaba  dicha situación.

Me contó que se había tropezado con una baldosa mal colocada al lado de la cama. Al principio no le había dado más importancia pero al levantarla, se había encontrado con un arcón escondido bajo ella. Su curiosidad le había llevado a abrirlo y descubrir una serie de extraños escritos en su interior. Estaban en un idioma que no había logrado reconocer, pero en el acto le fascinaron aquellas hojas llenas de símbolos y garabatos.

Claro está le preguntó a su padre quien la acusó de meterse donde no la llamaban quitándoselas sin más miramientos.

Ella se obsesionó con aquello durante años hasta que, pasado un tiempo, logró hacerse de nuevo con aquel arcón.

Decidió entrar en aquella facultad con la intención de dilucidar su contenido.

Su padre había sido sincero con ella toda su vida. Un hombre de otro tiempo que había tratado a su hija con los mismos derechos que si fuera varón. Esto hacía que se acentuaba más su curiosidad por saber los motivos por los que le había escondido aquellos papeles.

–Aquello me dejó intrigado por lo que no pude evitar preguntarle el por qué de esa biografía.

Por lo visto, habían llegado a oídos de todos mis conocimientos sobre la arquitectura de Salamanca heredados de la pasión de mi padre. Me contó que dichos conocimientos les resultaban útiles para la empresa que estaban montando. Una suerte de búsqueda del tesoro debida a aquellos papeles que había logrado de una vez descifrar.

“¿Qué empresa?” le pregunté intrigado deseando que me desarrollara aún más lo que me estaba proponiendo. Me había quedado atrapado en su red sin darme cuenta.

Se limitó a darme un papel tras el cual se levantó de su asiento y se despidió cortésmente. En él quedaba conmigo aquella noche en la cueva de Salamanca.

Me gustaría poder decir que no asistí a aquella cita pero mi intriga por aquella reunión pudo más que mi instinto de supervivencia.

La cueva de Salamanca, para los que no sois conocedores de ella, es un enclave en el que se decía que el mismo diablo impartía sus clases a siete alumnos durante siete años. Una vez pasados esos siete años el diablo tomaba a uno de sus discípulos como pago. 

Podéis encontrar esta historia más desarrolladla si os interesa, ya que la cuento en este libro, pero para lo que viene al caso creo que os queda una idea de la sensación que sobrevuela aquel lugar.

En la realidad se trataba de la Cripta de la antigua iglesia de San Cebrián, derribada en el siglo XVI.

Yo la conocía muy bien ya que estaba junto a la Torre del Marqués de Villena, torre que siempre me había apasionado en la parte más antigua de la muralla.

Allí me encontré con ellos. No me sorprendió ver que eran siete, ocho conmigo. Recuerdo que me pregunté seriamente si uno de ellos era el diablo mas no pude hacer otra cosa que reírme de aquel pensamiento fruto del nerviosismo.

Se presentaron uno a uno. A cuatro de ellos les conocía de los seminarios. Formaban parte del grupito que acompañaba siempre a Teresa. Los otros dos me eran completamente desconocidos.

Ambos eran estudiantes pero de distintas facultades. Uno estaba estudiando historia mientras que el otro si os soy sincero no tengo recuerdos de él. Supongo que el tiempo afecta hasta a aquellas cosas que alguna vez nos marcaron.

Traían consigo el pequeño arcón del que me había hablado mi nueva amiga aquella misma mañana. Después de que me hicieran jurar sobre la tumba de mi difunta madre, que aquello que me iban a mostrar no saldría de allí, lo abrieron dejando a vista de todos, las cartas y papeles con la lengua desconocida.

“Es una mezcla de árabe, castellano antiguo y latín” me dijo Teresa. Recuerdo perfectamente la pasión que brotaba de sus palabras, se la veía excitada, nerviosa, y a su vez aterrada. “Suponemos que lo escribió un mudéjar en la época de la reconquista. Los musulmanes temían este territorio hasta el punto de que se convirtió en tierra de nadie el tiempo que ellos controlaron estas tierras. Aún seguimos traduciendo pero por lo que hemos logrado comprender hasta ahora, los papeles hablan de una puerta a otro mundo escondida en esta ciudad”

Yo no supe qué responder. Lo cierto era que me esperaba cualquier cosa de aquella reunión pero de ahí a hablar de cuentos de hadas había un gran paso.

Me contaron que se veían necesitados de alguien que conociera Salamanca como yo. Aunque originalmente fuera de Gijón, mi pasión por esa ciudad me había llevado a estudiar su arquitectura y sus calles en mis ratos libres. Podía decir con orgullo que de aquel grupo de ocho era el mayor experto en ese tema.

Pese a mi negación a creer en aquello que estaban buscando, aquella compañía me resultaba agradable, por lo que accedí a participar en su idílica empresa.

Se hacían llamar “Los buscadores” fruto de su pasión y falta de imaginación.

Mi horario en aquel momento cambió drásticamente. Por las mañanas asistía a los seminarios como venía siendo lo habitual. Allí me juntaba con mis nuevos amigos. Había pasado a formar parte de los hombres que perseguían a aquella mujer a todos lados.

Allí fue donde me presentaron al que llamaban el “hombre sabio” quienes el resto de mortales conocíamos como bedel.

Por lo visto les había pillado un día en la biblioteca tratando de traducir aquellos documentos. Había demostrado tener ciertos conocimientos de aquellos idiomas y les había estado echando una mano desde entonces.

El mote se lo había puesto uno de mis compañeros tras ser incapaz de pronunciar su nombre. El hombre sabio provenía de una familia de inmigrantes que habían cruzado Europa de Norte a Sur durante la guerra y él, aun habiendo nacido en este país, mantenía la costumbre de los nombres nórdicos.

A decir verdad yo tampoco fui nunca capaz de aprendérmelo por lo que en esta historia nos limitaremos a llamarle por aquel apodo.

Como ya mencioné anteriormente, era un hombre echado en años bastante delgado. Todo el tiempo que pasaba con nosotros se limitaba a escucharnos y observarnos. En pocas ocasiones se entrometía en nuestras conversaciones, pero siempre que lo hacía proporcionaba información interesante sobre la que trabajar.

Recuerdo que una de sus manos llenas de arrugas, venas marcadas y asperezas, estaba tatuada con la imagen bastante tosca de lo que parecía ser el cráneo de un ave. En el momento que le pregunté sobre aquello se limitó a contestarme con que era un recuerdo de sus antepasados.

Las tardes, después de las clases, las pasaba en la biblioteca con el grupo si no recorría las calles de esa magnífica ciudad con Teresa, quien mostraba gran interés por los datos que le contaba.

Con el tiempo nuestra relación fue haciéndose más cercana y, lo que había sido inicialmente una unión por interés, ellos en mis conocimientos yo en su compañía, acabó siendo una relación de amistad en la que lo de menos para mí era aquella absurda leyenda que estábamos persiguiendo.

Poco a poco fueron traduciendo los documentos, y poco a poco tengo que reconocer que aquella absurda leyenda me fue atrapando como lo hizo con el resto de buscadores.

Aquellas páginas guardaban datos históricos hasta entonces desconocidos, cartas de grandes partícipes de la reconquista, tratados, menciones de la creación de fortificaciones y, lo que más nos importaba a nosotros, menciones de una especie de escalera que llevaba a lugares desconocidos.

Los documentos, pese a estar todos escritos en aquella mezcolanza de idiomas, recorrían un largo periodo de tiempo demostrando su diferente autoría. Ya no solo era un mudéjar, sino múltiples personas de múltiples nacionalidades épocas y culturas.

Con el paso de los días y semanas nos íbamos acercando más y más a un objetivo que solo podíamos imaginar.

Fue entonces cuando empezaron los problemas.

Todo cambió con la desaparición del historiador.

De la noche a la mañana no volvió a dar señales de vida, simplemente había desaparecido. Visitamos el piso que tenía arrendado y hablamos con su casera. La mujer nos mencionó que su padre había venido a recoger sus cosas para llevárselo a casa. Había sido tan inesperado todo que no le había dado tiempo a despedirse.

Nos extrañó aquello pero después de haber hablado con la casera no tuvimos otra cosa que aceptar la realidad.

Y así quedamos siete, ocho con el hombre sabio.

Pasaron los días y de siete nos volvimos seis tras el horrible accidente que sufrió otro de nuestros compañeros. Parece que la mala suerte iba In crescendo según íbamos avanzando con nuestras investigaciones.

Recién esa misma semana nuestro difunto compañero había descubierto una relación que existía entre las marcas de los canteros que se veían en algunos de los muros de la ciudad.

Según teorizaba, estos símbolos hacían a modo de señales que mostrarían un camino a la entrada de lo que comenzamos a llamar la escalera perdida del rectorado.

Por desgracia nunca llegó a desarrollarnos aquello ya que unas piedras cayeron de un andamio esa misma semana matándole en el acto.

Ese fue un duro golpe para los buscadores quienes decidimos pausar nuestro proyecto hasta después del funeral.

El tercero fue Julián. Era, junto conmigo, el más joven del grupo. Él era, por decirlo de alguna manera, nuestro contacto más cercano con el hombre Sabio. Aunque todos habláramos con el bedel, el que mejor se había llevado con él desde un principio era Julián. El resto tratábamos a aquel viejo como alguien extraño que de vez en cuando nos facilitaba las cosas y nos daba acceso a ciertas partes de la universidad que de otra forma no hubiéramos podido obtener.

Julián en cambio compartía una extraña cercanía con aquel hombre y de vez en cuando le sacaba una sonrisa cosa imposible para el resto.

Su muerte fue un duro golpe para el hombre Sabio, y desde entonces cada vez fue asistiendo menos a nuestras reuniones.

Encontraron a Julián flotando en el rio. Esa mañana había decidido salir a nadar.

Tras la tercera baja en nuestro grupo decidimos hacer un parón aún mayor en todo aquello. Simplemente no teníamos ganas de misterios.

Dos de nuestros compañeros decidieron dejar de juntarse con nosotros alegando que era peligroso, cosa que consideramos absurda.

No teníamos la culpa de nada de lo que había pasado. Habían sido dos accidentes que podían haberle ocurrido a cualquiera y en lo que se refería a nuestro primer compañero desaparecido, por lo que a nosotros respectaba estaba de vuelta en casa con su familia.

Así solo quedamos tres, Teresa, Paco y yo.

Los meses pasaron y yo volví a mi rutina original. Se acercaban los exámenes finales por lo que pasaba la mayor parte de mi tiempo en casa estudiando para poder sacármelos a la primera.

De vez en cuando pensaba en los mejores días de los buscadores, habíamos tenido buenos tiempos pese a acabar como acabamos.

Teresa seguía obsesionada con el arcón y yo era consciente de que había continuado con las investigaciones por su cuenta. Pepe, como joven enamorado de ella, la seguía ayudando en todo lo que podía.

Yo había decidido centrarme en mis estudios bastante abandonados. De vez en cuando daba un paseo por la ciudad con los dos como en los viejos tiempos. Ellos me llamaban para que quedáramos y nos pasábamos tardes hablando sobre arquitectura y dudas que les surgían en sus investigaciones.

Ninguno de los tres habíamos vuelto a saber del hombre Sabio. De vez en cuando le veíamos por la facultad arrastrando la escoba como hacía siempre, pero desde la muerte de Julián simplemente había decidido alejarse de nosotros al igual que el resto.

Teresa en esos días me contó que ya tenían casi todos los documentos y cartas traducidas. Todas mencionaban la escalera de una forma u otra pero no habían logrado ningún avance más.

Recuerdo que la desesperación casi se podía tocar cuando hablaba. Ya no parecía la misma mujer resuelta y alegre que se me había acercado en la cafetería de la plaza. Las clases las pasaba sola alejada de todo el mundo, y salvo las ocasiones que decidía quedar para dar paseos, poco más podía saber de ella.

Caminaba con un aire de tristeza y obsesión, aunque para ser justos con el primero lo hacíamos todos.

Una noche después de los exámenes decidí pasarme por su casa. Hacía mucho que no sabía de ella y estaba algo preocupado. Su casa estaba enfrente del Convento de la Anunciación, cosa que siempre me había asombrado.

Al acercarme a su portal pude ver que estaba justo en la puerta hablando con alguien. No quise molestar parecía que la discusión era bastante acalorada por lo que decidí esperar a lo lejos observando.

Me di cuenta de que el hombre con el que estaba discutiendo era el bedel. No le había reconocido en un primer momento con la ropa de calle.

Observé la discusión tras la cual Teresa sacó una pistola con la que apuntó al hombre sabio. No puedo describir cuál fue mi sensación al ver aquella escena. Me escondí en una esquina y vi cómo los dos finalmente tomaron el mismo camino.

Inmerso en una enorme curiosidad decidí seguirles sin que me vieran. Era bastante de noche por lo que no me fue difícil caminar detrás de ellos  de incógnito.

Habían dejado de discutir para pasar a andar uno al lado del otro. Se podía ver claramente como el hombre la estaba llevando a un lugar específico. Los dos andaban deprisa y decididos.

Tras varias vueltas sin sentido y un tiempo del que perdí cuenta, el hombre se paró en una tapa de alcantarilla, la levantó mirando que nadie les estaba observando y bajaron por ella.

Yo me escondí hasta que hubieron desaparecido y después me dispuse a seguirles.

No sé cuánto tiempo estuvimos caminando. El hedor y la humedad lo inundaban todo. Teresa seguía apuntando al viejo con la pistola, el viejo seguía caminando delante dirigiéndola a dios sabía dónde.

No tengo muy claro si lo que sucedió entonces fue real o imaginaciones mías.

Dentro de las propias alcantarillas había una puerta doble. Era de madera maciza, tenía que estar allí desde prácticamente la construcción de la ciudad. La puerta iba acompañada con una enorme arquería de estilo románico que parecía sacada de una de las muchas iglesias de ese estilo que tenía la zona. Las pareces habían pasado a ser de una mampostería de piedra exquisita que ni los mejores canteros de la época serían capaces de imitar.

El viejo sacó una llave y abrió la puerta. Ambos entraron tras lo cual se pudo oír los goznes rugir al cerrarse.

Intenté seguirles pero me fue imposible abrirlas de nuevo.

No sé cuánto tiempo estuve esperando a que volvieran a salir pero cuando dieron las primeras luces de la mañana no me quedó otra que volver por donde había venido.

Fue esa la última vez que vi a Teresa y al hombre sabio. Intenté miles de veces luego volver a recorrer mis pasos de aquella noche pero nunca fui capaz de volver a aquella extraña puerta.

Aún a día de hoy me pregunto si me imaginé todo aquello. Si realmente Teresa descubrió la escalera y cruzó al otro lado, si por el  contrario murió esa misma noche a manos del viejo o viceversa.

Traté de conseguir el arcón pero también había desaparecido.

En un lugar entre estas calles y monumentos existe una escalera. No es una escalera cualquiera que une un piso inferior con uno superior, sino que es una escalera mágica.

Se desconoce dónde se localiza y a dónde va a parar. Solo  que los que deciden subir sus escalones no vuelven a bajarlos nunca más.

En un lugar entre estas calles y monumentos existe una escalera.

La escalera perdida del rectorado.

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